lunes, 5 de mayo de 2008

Maiakovski por Arias Solis Francisco

VLADIMIR MAIAKOVSKI
(1893-1930)

“Al César lo que es del César,
a Dios lo que es de Dios.
Y al que es como yo
¿qué le queda?”
Vladimir Maiakovski.


LA VOZ DEL MAYOR POETA REVOLUCIONARIO

Maiakovski es uno de los fundadores del futurismo ruso. Su meta era la creación de un idioma nuevo. Los futuristas se rebelaban contra la rigidez de todas las reglas cualesquiera que fuesen. Fogoso, anticlásico, llegaba a rechazar a Dostoievski y a Tolstoi, y de una gran personalidad, halló en la revolución la expresión de su auténtica personalidad, ejerciendo gran influencia sobre la juventud de su tiempo a la vez que agrupaba a su alrededor a todos los poetas revolucionarios, salvo a Esenin y Pasternak. Comparado frecuentemente con Walt Whitman, es considerado el mayor poeta revolucionario. Una de sus poesías características, ejemplo de su estilo y fuerza es, “Al César lo que es del César”.

Vladimir Vladimirovich Maiakovski nació en Bagdadi (actual Maiakovski) el 7 de julio de 1893. Hijo de un inspector forestal, recibió una educación muy elemental. Durante el zarismo inicia su actividad política afiliándose al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. A los trece años es detenido por primera vez acusado de formar parte de una imprenta clandestina del Partido Comunista. En 1911 comienza su actividad literaria con el grupo de los futuristas, del que se convertiría después en su figura central. Participó en la redacción del Manifiesto Futurista “Bofetada al gusto del público”.

Tras la revolución de 1917, Maiakovski pasó a ser activo defensor de las posturas del régimen y propagandista de la cultura soviética, incorporando a la naciente literatura comunista una calidad estética innegable. Considerado el poeta del nuevo sistema, en 1923 organizó en torno a la revista Lef el grupo “Frente Artístico de la Izquierda”, de orientación futurista-comunista, con el que escribió sus mejores poemas.

El 14 de abril de 1930 Vladimir Maiakovski se suicidó de un disparo en la cabeza. Antes de suicidarse había escrito: “¡A todos! / No se culpe a nadie de mi muerte y, por favor, / nada de chismes. Lili ámame.”

En su obra emplea un tono a la vez irónico, apasionado y audaz. Entre sus poemas destacan 150.000.000 (1921), poema épico-burlesco que alude al volumen de la población rusa de la época y que es canto a las “esperanzas del pueblo ruso” y Lenin (1925), una elegía con motivo de la muerte del dirigente bolchevique en la que hace un canto apasionado al movimiento obrero. Otras muy obras muy conocidas de Maiakovski son: La nube en pantalones (1915), Mi descubrimiento de América (1925) y ¿Qué está bien y qué está mal? (1927). Son también interesantes sus comedias La chinche (1928), sobre un previsible gris y ascético, y El baño (1929), crítica irónica de la burocracia. Fue muy celebrada la tragedia Vladimir Maiakoski, estrenada en 1913 en el teatro Luna Park de Petersburgo, por la compañía del Primer Teatro Futurista del Mundo, formada fundamentalmente por estudiantes, representando el autor al protagonista de la obra. Y como dijo nuestro poeta: “En esta hora del mundo / en que nos encontramos, / lo difícil no es morir, / sino seguir viviendo / y luchando”.


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Bellow por Francisco Arias Solis

SAUL BELLOW
(1915-2005)

“La novela es una suerte de escuela rudimentaria
donde uno aprende los problemas más importantes de la vida.”
Saul Bellow.


LA VOZ DE UN NOVELISTA CONSAGRADO

Saul Bellow es quizá el escritor más representativo de la generación que comenzó a escribir en 1940. De padres judíos, procedentes de Rusia, creció en una gran ciudad Chicago, y estudió antropología y sociología, siendo luego profesor universitario. Es el representante de una generación de escritores profesores algo similar a nuestros nietos del 98. Su primera novela publicada en 1944, se manifestó en la línea de la literatura de rechazo, paralela a la poesía “beat” y a la postura de los “iracundos”, aunque matizando a sus personajes con profundas incertidumbres y anteponiendo los problemas individuales a los del conjunto.

Saul Bellow nació en Lachine, Québec, el 10 de junio de 1915 y falleció en Broolkline, Massachussetts, el 5 de abril de 2005. Perteneció a una familia de emigrantes rusos establecida primero en Canadá y luego en Chicago. Estudió en la Universidad de Northvestern y fue profesor de la de Chicago. Participó en la II Guerra Mundial con la Marina Mercante. Estuvo casado en cinco ocasiones. Ganó el Premio Nacional estadounidense de Literatura en 1953 y en 1965. En 1976 recibió el premio Pulitzer y el premio Nobel de Literatura. Cuando le preguntaron cómo se sentía después de ganar el Premio Nobel respondió: “No lo sé. Aún no escribí sobre eso”.

Heredero de las culturas judía, rusa y americana, la vida de Bellow simboliza la precaria condición espiritual del hombre moderno; sus héroes buscan siempre, en mayor o menor medida, la verdad, y son por lo general víctimas y perdedores en una sociedad que considera el dinero y el éxito como únicos valores. Mientras los héroes de Hemingway tratan de encontrar su identidad en la acción, los de Bellow la buscan en la introspección. Su obra, reflejo de una conciencia escéptica y teñida de un humor que muchas veces raya en lo sórdido, logra un perfecto equilibrio entre lo formal y lo conceptual.

Entre sus novelas figuran: El hombre en suspense (1944), Las aventuras de Augie March (1953; premio Nacional de Literatura), en la que se mezclan elementos de la picaresca y la crónica de costumbre, Henderson el rey de la lluvia (1959), Herzog (1964), novela con la que en 1965 volvió a obtener el premio Nacional de Literatura y que le consagró definitivamente como una de las figuras clave de la narrativa estadounidense contemporánea, y Carpe Diem (1956). Escribió además Las memorias de Mosby (1968), El planeta de Mr. Samler (1970), ganadora del Nacional Book Award, El legado de Humboldt (1975), Ida y vuelta a Jerusalén: un asunto personal (1976), El diciembre del decano (1982), el libro de relatos El hombre que habitaba demasiado y otros cuentos (1985) y Más mueren de infarto (1987).

Herzog, considerada como una de las grandes novelas norteamericanas de todos los tiempos, es la que, al convertirse en un bestseller indiscutible, le proporcionó el prestigio de un novelista consagrado. En esta novela nos muestra a un universitario de unos cuarenta y tres años, seguramente los suyos, crucificado por una sociedad que lo desea y destruido por una esposa que lo humilla. Su personaje se refugia en el absurdo, como único medio para continuar alentando su deseo de vida, de humor, y también de amor. Y como dijo el novelista norteamericano: “Un escritor es un historiador imaginativo que puede acercarse más que los sociólogos a la realidad contemporánea”.

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domingo, 4 de mayo de 2008

Strindberg por Arias Solis Francisco

AUGUST STRINDBERG
(1849-1912)

“No se puede tener otra tarea en cuanto a la vida
que la de conservarla hasta morir.”
August Strindberg.

LA VOZ DE UNO DE LOS HITOS
DE LA DRAMATURGIA MODERNA

August Strindberg significa una cumbre de la literatura sueca, porque rompe los límites de su país, deja de seguir a remolque de literaturas como la alemana y la francesa, y, por el contrario, lleva a Europa algo propio que llama la atención, impone su ley en vez de recibirla. La grandeza de otros autores queda más o menos o circunscrita a Suecia: la fama de Strindberg voló por todas partes.

Toda la vida del autor sueco debió de ser un tormento continuo, una tragedia íntima, y en su harto receptivo cerebro libraron todas las batallas de su tiempo, ya pareciendo un afiliado de por vida al socialismo, ya prefiriendo a él el aristocratismo del superhombre de Nietzsche, ya inclinándose a Darwin, a Schopenhauer, a Spencer, ya siguiendo la corriente del naturalismo de Zola, ya el misticismo de Swedenborg y aun el catolicismo, después de haberse sentido positivista, ateo y todo lo imaginable. Valiéndose ora de la novela, ora del drama, refleja una de aquellas almas sumamente complejas, muy propias de los países del Norte, pero alma de revolucionario constante. Hubo un momento en que se le obligó a comparecer a Strindberg ante los tribunales de justicia, acusado de excitación al libre pensamiento, al libertinaje, al menosprecio de las cosas santas, y tuvo que salir desterrado de su patria en que tantos odios había desencadenado contra él con sus novelas y cuentos La habitación roja, El nuevo reino, Casados.

Uno de esos odios, que han arraigado hondamente, y no sin cierta razón, fue el de las partidarias entusiastas de la emancipación de la mujer, de las cuales se mostró decididamente enemigo Strindberg, aunque tanto de femenino había en su naturaleza. Y no sólo enemigo de esa emancipación fue, sino de la misma mujer, de la cual tiene pobrísimo concepto, y no se sabe si la ama o la odia con toda su alma. En resumen, la impresión que deja la figura de Strindberg es desconsoladora: va en busca de todos los ideales, pero acaba su vida confesando que el ideal no existe, que estamos condenados a perpetua inquietud, a aspiraciones de iluso que nunca se realizan. La consecuencia que de todo esto se saca es trágica: no valía la pena de derruir todos los templos durante una vida, para dejarnos después sumidos en la nada, con el aire desesperado de quien equivocó todos los caminos y tiene que confesarlo. Fue novelista y dramaturgo, y algunas de sus obras de teatro, como La señorita Julia y Padre, fueron traducidas al francés, y dieron mucho que hablar allá por los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX. Lo que fue Strindberg, y esto le comunica un sello de distinción que hace que muchas cosas, del todo inadmisibles, casi se le perdonen, es un artista de la prosa, formado en el estudio de modelos modernos, principalmente franceses, con los cuales le hizo intimar más su residencia en París. Autor de una vastísima obra narrativa y dramática es considerado el precursor del moderno expresionismo. Su fama universal procede de su producción dramática, en la que sobresale el estudio psicológico de los personajes y la intensidad de los conflictos planteados. En la última época inició un tipo de teatro más vanguardista que no siempre fue comprendido por el público de la época. A esta etapa pertenece su Teatro íntimo, para el que estableció determinadas normas de interpretación.

Johan August Strindberg nació en Estocolmo el 22 de enero de 1849 y falleció en la capital sueca el 14 de mayo de 1912. Tuvo desde su infancia una vida agitada y difícil que dejaría honda huella en el carácter iconoclasta y paradójico de su obra. Estudió en la universidad de Upsala. No logra terminar los estudios de Medicina ni los de Letras. Contrajo matrimonio tres veces y otras tantas se divorció. En 1883 inicia un exilio voluntario de seis años, recorriendo Suiza, Alemania, Francia e Italia. Al poco de su regreso a Suecia nuevamente se marcha para vivir durante varios años en Berlín y París.

Su misoginia se refleja en piezas como Casados I (1884), Casados II (1886), Alegato de un loco (1887-1888), Padre (1887), Camaradas (1888); La señorita Julia (1888) y Acreedores (1889). Fue, con todas sus extravagancias, uno de los más grandes artistas de su tiempo. El maestro Olaf (1872), drama centrado en la figura de un histórico reformador religioso, presenta ya las dos características básicas de su teatro: rebelión contra las instituciones y proyección de su universo interior sobre el universo escénico; le siguieron las novelas La habitación roja (1879), de corte naturalista, donde hace una descripción de los círculos intelectuales de Estocolmo, El nuevo reino (1882) y Los habitantes de la isla Hemsö (1888), naturalista con un sesgo trágico. Tras una etapa socialista rousseauniana y fourierista, influido por las cartas de Nietzsche adopta la idea del “superhombre” en dramas como Paria (1889) y Simún (1889) y la novela A orillas del mar libre (1890). Posteriormente parece conseguir cierto equilibrio interior con el estudio de la teosofía, creando obras dramáticas maestras –El camino de Damasco (1898-1901), La danza de la muerte (1901)-, donde aparece una búsqueda de seguridad en la religiosidad mística. En La confesión de un loco (1893) refiere la historia de su primer e infausto matrimonio, en Infierno (1897) lleva a cabo un extraño estudio de la psicología anormal, y en su último drama, El gran camino (1909), retorna a la religión protestante y al socialismo campesino. Dos de sus piezas expresionistas más interesantes son La sonata de los espectros (1907) y El pelícano (1917), escritas para el teatro íntimo que fundó con A. Falk. El teatro de Strindberg, dirigido a un público reducido, influyó decisivamente en la obra de Luigi Pirandello y de Eugene O’Neill, entre otros, y supuso tal revolución temática y técnica que constituye uno de los hitos de la dramaturgia moderna. Y como dijo el dramaturgo sueco: “La vida es corta, pero puede ser larga mientras dura”.

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sábado, 3 de mayo de 2008

Björnson por Arias Solis Francisco

BJÖRNSTJERNE BJÖRNSON
(1832-1910)

“En política, la verdad debe esperar
el momento en que todos necesiten de ella.”
Björnstjerne Björnson.

LA VOZ DE UN ARDIENTE PROFETA

Noruega presenta en los últimos años del siglo XIX, dos escritores de reputación europea, cada uno en su género: Björnson en la novela, y su consuegro Ibsen en el drama. Ambos fueron directores del teatro Nacional de Bergen. Ibsen era por esencia un escritor de vena satírica, así como Björnson era un apóstol de instintos constructivos y un ardiente profeta.

Björnstjerne Björnson nació en Kvikne el 18 de diciembre de 1832 y falleció en París el 26 de abril de 1910. Hijo de una antigua familia campesina, realizó sus primeros estudios en Molde. Participó como ardiente republicano en la Revolución de 1848. Después de matricularse en la Universidad de Cristianía el año 1852, comenzó su vida de escritor como crítico dramático en la prensa. Perteneciente a un ambiente de gran cultura, fue un polémico periodista en defensa del humanitarismo y de las universidades populares. Estuvo a la cabeza del separatismo noruego que propugnaba la escisión de suecos y daneses. Fue director del teatro Bergen (1857-1859) y del de Cristianía (1865-1867), y fundó en esta última ciudad uno propio. Viajó tres años por Europa (1860-1863), durante los cuales “vio muchas ciudades y muchos hombres”, principalmente de Alemania. Como político –y sus opiniones en este orden le llevaron a un destierro temporal voluntario (de 1873 a 1876), y más tarde a otro obligatorio para evitar las consecuencias de una acusación de alta traición- como lector, como conferenciante, como orador, ofrecía una mezcla feliz de atractiva apariencia física y de gran elocuencia; pero aunque de temperamento muy fogoso, nada tenía de fanático intransigente. Después de cincuenta y un años de vivir entregado a una continua actividad literaria, en 1903 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.

Se inició en la literatura con el relato rural Synnove Sobakken (1858), que exaltaba la belleza de los paisajes noruegos y, que, aparte de sus producciones poéticas y dramáticas, le valió el reconocimiento de su mérito por la crítica europea, y con los dramas Hulta la coja (1858) y Entre batallas (1858), de inspiración romántica, a los que siguieron El rey Sverre (1861) y la célebre trilogía Sigurd Slembe o sea de Sigurd el bastardo (1862), basada en la historia noruega.

Hasta aquí Björnson se había mostrado fiel a los principios del cristianismo. En comparación de Ibsen, parecía cubrirse con el manto de los profetas del Antiguo Testamento, y su figura se yergue como la de un fogoso político, un brillante educador y un guía que usa un lenguaje directo, de telegráfica concisión. Se constituyó él mismo en “la conciencia del Norte” y como todo buen pensador cuyos puntos de mira son adaptados y suavizados por nuevas experiencias de la vida, no dudó en proclamar una rectificación de los suyos que iba a parar en que Noruega debía mirar con simpatía a Alemania y lanzarse en pos de las corrientes europeas, idea originada en la lectura de la guerra de Alemania de 1870 a 1871.

Aunque influido por las corrientes realista y naturalista danesa, los temas históricos y el mundo rural seguirán predominando en sus obras: el extenso relato Los recién casados (1865), el drama Sigurd Jolsafar (1872), inspirado en una antigua saga, y el vigoroso poema épico Arnljot Gelline (1870). Durante este periodo compuso los versos recogidos en Poemas y cantos (1870), libro por el que fue nombrado poeta nacional y que inspiraría posteriormente la letra del himno nacional noruego “Sí, amamos esta tierra”.

De 1873 a 1875 vivió en Italia, donde escribió los dos dramas burgueses que le darían a conocer internacionalmente: La bancarrota (1875), en el que ataca la hipocresía latente en la moral del mundo de los negocios, y El redactor (1875), donde puso en la picota a los potentados de la prensa y a los directores de periódicos al servicio de ciegos fanatismos. Las ideas del danés Georg Brandes y de Ibsen, centradas fundamentalmente en los problemas sociales, políticos y éticos, influirán decisivamente en las próximas obras de Björnson, entre las que cabe mencionar, los dramas El rey (1879) y Leonarda (1879) y la novela realista Magnhild (1879). En 1883 apareció la primera parte de su tragedia social Más allá de las fuerzas humanas, para muchos su mejor obra, y cuya segunda parte data de 1895. De su restante producción destacan El guante (1884), drama en el que se revela contra la falsa moral de los matrimonios de conveniencia, Amor y geografía (1885); Las voces de Dios (1889), Paul Lange y Tora Parsborg (1898), inspirado en el suicidio de un amigo, y la comedia Cuando florece la vid (1909), escrita poco tiempo antes de morir.

En la totalidad de la obra de Björnson se recoge la esencia del carácter y las costumbres noruegas. La clasificación de Björson puede hacerse fácilmente: es un utilitario, un moralista, un maestro que enseña. En él, el estilo está subordinado a la idea. Y la idea es diáfana. Consiste en que no debemos aspirar más que a lo estrictamente asequible, porque ya la evolución cuidará de ensanchar firmemente su área de acción. La razón, no la fe, lo experimental, no lo revelado, es el círculo dentro del cual él, al fin y al cabo, vive, se mueve y halla su razón de ser. Y como dijo este ardiente profeta: “A veces, el silencio es el mejor orgullo que se puede mostrar”.

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40 años de Mayo del 68 por Francisco Arias Solis

40 AÑOS DE MAYO DEL 68

“La Poésie est dans la rue.”
(Rue Rotrou. Odeón)


LA POESIA ESTA EN LA CALLE

París, mayo de 1968. Uno de los acontecimientos más importantes de los últimos tiempos sobre Europa iba a tomar vida. De todo aquel estallido de autenticidad queda hoy algo más que el recuerdo y la nostalgia. Cuarenta años han caído sobre aquel mayo en París.

Se amontonaban las piedras en las barricadas de aquel mayo francés. Un olor de gases lacrimógenos, mezclaba lágrimas verdaderas con las provocadas. Ni un solo muerto. En España se mixtificaba la verdad. La orgía de los estudiantes que se acostaban en promiscuidad... eso era la versión del mayo en París.

Las Universidades con sus catedráticos y estudiantes, las fábricas, los talleres, las oficinas, los empleados públicos, paralizando la vida de un país, no fueron movidos por un grupo de agitadores pro-chinos. La revolución de mayo, sin una ideología marcada, sin casi otros líderes, que algún joven universitario, es la señal más terminante de indignación contra un mundo injusto.

Los jóvenes, en vanguardia, los trabajadores con su gran homogeneidad dijeron su no, en Francia, en aquel mayo de 1968. Por eso sin duda, el entonces gaullista Malraux escribió que “el encuentro del elemento juventud y del elemento proletariado es un fenómeno sin precedentes”.

En todos lo edificios ocupados en París por los estudiantes florecieron banderas rojas y negras: en la Universidad, en los Liceos, en las Escuelas, y hasta en los teatros. En todas las ventanas ondeaban banderas rojas y negras, como en un alegre festival. Se ha dicho que un día un famoso mirón de ese revoloteo banderil preguntó a un joven estudiante en la Sorbona que por qué habían colocado en el edificio universitario más banderas negras que rojas: “Sin proponérnoslo -le contestó-, porque encontramos a mano mucha más tela negra que roja”. Sin proponérselo, tal vez, sino porque encontraban a mano materiales fáciles de acumular construyeron también las primeras barricadas. Como saliéndose de la historia para adentrarse en una tradición revolucionaria que les afianza en su empeño juvenil de rebelde y desinteresada revolución. Al mismo tiempo empezaban hablar las paredes, secularmente sordomudas. Los muros nos decían: “La Poesía está en la calle”; “Las libertades no se dan se toman”, “Sólo la verdad es revolucionaria”, ”La cultura es la inversión de la vida”, “Prohibido prohibir”...

La aparición de las primeras barricadas fue una sorpresa para todos, incluso para los que al hacerlas, polemizaban sobre su conveniencia: les parecía tal vez, una afirmación romántica y gratuita, y, sin embargo, sentían muy bien que no era un retorno añorante al revolucionarismo callejero. A esta iluminativa intuición revolucionaria, más tradicional que histórica: más creadora (poética) que reflexiva, se nos aparece evidente su sentido, dada su “maravillosa violencia”, la de su falta de odio.

Sin muertos, a manera de juego limpio y desinteresado, el mayo francés escandalizaba a sociólogos e historicistas, “a los revolucionarios profesionales”, como si, todo aquello fuera solo un espectáculo, como el del nacimiento de la primavera.

El 14 de julio de 1968 ardió la última barricada en la plaza de la Bastilla. El resplandor de aquella hoguera iluminó la noche que dejó atrás tantos días luminosos, en los que la poesía estuvo en la calle. Y es que, como escribió aquel estudiante parisino en un muro: “Sólo la verdad es revolucionaria”.

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viernes, 2 de mayo de 2008

Manuel Mújica por Arias Solis Francisco

MANUEL MUJICA LAINEZ
(1910-1984)

“Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar
de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa,
erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días
vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro,
precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas que
abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio
de un Virrey a quien no había visto nunca.”
Manuel Mújica Laínez.


LA VOZ DE UNA GRAN FIGURA
DE LA LITERATURA HISPANOAMERICANA

Mújica es uno de los novelistas más leídos de su país y está considerado una de las máximas figuras de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

A partir de Invitados en el Paraíso (1957), el perfeccionamiento casi barroco del lenguaje de Manuel Mújica Laínez prefigura la aparición de su gran novela Bomarzo (1962). Ganadora del Premio Nacional de Literatura y traducida a varios idiomas europeos, fue adaptada para la ópera de Alberto Ginastera que fue estrenada posteriormente en Nueva York. La novela prohibida durante algún tiempo en su país, es una hábil reconstrucción histórica de la larguísima vida del renacentista Pier Francesco Orsini.

Manuel Mújica Laínez nació en Buenos Aires el 11 de septiembre de 1910 y falleció en una antigua casona de estilo colonial español denominada “El Paraíso” en Cruz Chica, Córdoba, el 21 de abril de 1984. En 1923 marcha con su familia a Europa, donde completa dos años de su educación en París y termina su educación secundaria en el Colegio Nacional de San Isidro. Estudió durante dos años en la Facultad de Derecho y en 1932 ingresó como redactor en el diario La Nación, donde escribió crítica de arte y en el que se jubiló. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo. Fue director general de Cultura del ministerio de Relaciones Exteriores (1955-1958). En 1956 fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y, tres años más tarde, de la Academia de las Bellas Artes. En 1965, obtuvo el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y, en 1982, la Legión de Honor del Gobierno de Francia. Compartió con Alberto Ginastera el Premio Pulitzer por la ópera Bomarzo.

Mújica Laínez se inició en el cultivo de las biografías: Miguel Cané (1942), Vida de Aniceto el Gallo (1943), Vida de Anastasio el Pollo (1947), evocando figuras del pasado argentino; del ensayo: Glosas castellanas (1936); y del relato: Aquí vivieron (1949), Misteriosa Buenos Aires (1951). Pero su obra más conocida es la novelística que constituye un representativo análisis de la decadencia del mundo aristocrático, tanto americano y criollo, como europeo. En el primera apartado destacan Los ídolos (1953), La casa (1954), Los viajeros (1955) e Invitados en el Paraíso (1957). En el segundo, su obra maestra Bomarzo (1962), recuperación literaria de la vida de un duque italiano en el Renacimiento del siglo XVI, donde la imaginación, mágica y poética, una de las más sobresalientes aportaciones del autor, recrea un mundo de príncipes, condotieros, bufones, artistas y escritores, acorde con sus gustos estéticos y sus mitos preferidos; se trata de una gran novela histórica que pasa a ser una crónica de toda una época. El pasado fue siempre la gran fuente de inspiración del novelista: “El pasado –decía él- tiene una perfección casi mineral, de la que carece el presente”. Y de ese pasado rescata a sus personajes y escenarios: El Unicornio (1965) se sitúa en la Edad Media; De milagros y melancolías (1969) es un arcaizante visión científica; Cecil (1972), El laberinto (1974) escoge la Hispanoamérica del siglo XVII; El escarabajo (1982) recorre diversos episodios de la Historia Universal tomando como pretexto una joya del antiguo Egipto que representa un escarabajo. Otras obras: El gran teatro (1979), que entrecruza diversas historias durante la representación de una obra, Un novelista en el Museo del Prado (1984), que revive a personajes surgidos de los cuadros y los libros de relatos Crónicas reales (1967) y El brazalete y otros cuentos (1978). El escritor argentino nos contaba, refiriéndose a la casa “El Paraíso” donde murió: “Descubrí esta casa por azar. Un cartel unía su nombre a la información que estaba en venta, y quizá, en mi subconsciente, la magia de ese nombre operó de inmediato, pues ella hacía espejar la posibilidad de Invitados al Paraíso convirtiese en realidad lo creado misteriosamente por la imaginación”.

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jueves, 1 de mayo de 2008

Hoffmann por Francisco Arias Solis

ERNST THEODOR AMADEUS HOFFMANN
(1776-1822)

“La música comienza donde acaba el lenguaje.”
E. T .A. Hoffmann.

LA VOZ DE LOS CUENTOS FANTÁSTICOS

Ernst T. A. Hoffmann es autor de cuentos cuya reputación acaso se haya conservado más en el extranjero que en Alemania, su propio país. A los románticos franceses fue aquello debido principalmente, pues vieron en su originalidad y en sus fantasías a uno de los suyos, del cual podía sacarse partido. Les aportaba un elemento útil: lo raro, lo fantástico, lo que parecería a veces, confinar con la locura, al lado del sencillo, ingenuo y bonachón idealismo alemán de las noches de luna pasadas entre suspiros y lágrimas o entre alborotadas expansiones en que el alcoholismo tenía una gran parte, cuando no le daba por ser tétrico y terrible. Y esto son los cuentos de Hoffmann; tan pronto una narración color de rosa, con tipos y diálogos de un idealismo soñador completamente imposible, como un relato delirante que amontona impresiones cuyo único propósito parece ser producir en los lectores de buena fe escalofríos de terror, junto con una curiosidad constantemente excitada por las aventuras. Ya hoy no lo consigue tan fácilmente, pero sí parece haberlo logrado de sus contemporáneos, mientras el ría mefistofélicamente, y aumentaba con un vaso más sus delirios, a modo de lo que hizo Edgar Allan Poe, y como él lo pagó con una muerte prematura. Tenía un fondo de poeta sutil e ingenioso y de narrador que unas veces sabía interesar verdaderamente, y otras era lento, inverosímil, y acababa por hacerse pesado. Por su predominio de la fantasía y cierto carácter morboso y sentimental, se considera como uno de los precursores del romanticismo.

En su obra total se ve la influencia de países extranjeros y de sus literaturas, de los cuentistas italianos y de los novelistas españoles, y él mismo cita a Cervantes, a Calderón, a quien llama suyo, y aun a un poeta no demasiado conocido como Arriaza, de quien copia en castellano versos que parecen entusiasmarle tanto como a sus contemporáneos de España. Uno de los cuentos de este autor alemán nos narra las últimas aventuras del perro Berganza, que le sirven para aplicar la sátira cervántica a su país.

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann nace en Königsberg el 24 de enero de 1776. Hijo de un abogado aunque tras la separación de sus padres en 1778 se crió con la familia de su madre. Abogado de profesión, fue también director artístico de teatro, decorador, dibujante, crítico y, sobre todo, compositor musical y director de orquesta. Su admiración por Wolgang Amadeus Mozart le llevó a cambiar su tercer nombre Wilhelm, por Amadeus. Compuso varias piezas para piano, lieder, sinfonías, obras religiosas y óperas (Ondina, 1816). En 1814 volvió a la administración civil prusiana en Berlín y ejerció como juez hasta su muerte, ocurrida el 25 de junio de 1822.

Sus novelas y narraciones son de carácter romántico: el autor mezcla la realidad con la fantasía, presentándonos un mundo en que los objetos se metamorfosean en personas y éstas en objetos. Domina el tono irónico y grotesco, en un ambiente de angustia y de terror, consecuencia de las contradicciones entre el espíritu y la vida. Para él la literatura es ante todo misterio –en este sentido influye en escritores como Baudelaire-. Donde más destacó su gran personalidad fue con sus cuentos fantásticos en los que se mezclan el misterio y el horror, que han alcanzado fama universal. En ellos crea una atmósfera de pesadilla alucinante en ocasiones, tocando temas como el desdoblamiento de la personalidad, la locura y el mundo de los sueños. Ejerció gran influencia en particular en Victor Hugo, Edgar Allan Poe y el primer Dovstoievski. Entre su producción literaria merecen destacarse; Fantasías a la manera de Callot (1814-1815), Los elixires del diablo (1815), novela popularizada por la ópera de Offenbach Los cuentos de Hoffmann, Horas nocturnas (1817), Los hermanos Serapión (1819-1821), Las opiniones del gato Murr sobre la vida (1820-1822), en las que el protagonista, trasunto animal del autor, cuenta su juventud, y La princesa Brambilla (1821). Y como dijo el autor alemán en uno de sus cuentos: “Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios”.

Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
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