miércoles, 16 de mayo de 2007

LA DESPOLITIZACIÓN POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

LA DESPOLITIZACION

“Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos...”
Antonio Machado
SON INNUMERABLES LOS HOMBRES DE NUESTRO TIEMPO
QUE SE DESENTIENDEN DE LA VIDA PUBLICA

“El que no se ocupa de política es un hombre inmoral; pero él que sólo se ocupa de política y todo lo ve políticamente es un majadero”, escribía Ortega. Pienso que esta frase debería estar permanentemente ante nuestros ojos. Gran parte del mundo actual está en una de esas dos actitudes; lo que significa, si Ortega tenía razón, que buena parte de nuestros contemporáneos son inmorales, y una fracción considerable resultan ser unos majaderos.

Pero ¿qué quiere decir “ocuparse de política”? Vivimos en un tiempo en que no hay política. ¿Y qué hay en el lugar de política cuando no la hay? La respuesta no es fácil, ni es única. Se llama política -abusivamente- a los manejos a que se entregan los grupos que tienen acceso al poder, para repartírselo o excluirse alternativamente o aprovecharlo de diversos modos, de espaldas a la sociedad que “asiste” pasiva y más o menos resignada a ello, que se entera por los periódicos o la televisión de qué le va a pasar, de quién es bueno y quién es malo. Pero, naturalmente, eso no es política.

Política es vida pública, publicidad, res publica. Cuando, los asuntos de la vida colectiva son públicos -se expresan, manifiestan, constan, están ahí, sobre el tapete, se pueden discutir, se puede volver sobre ellos, se puede partir de ellos para una acción ulterior-, entonces hay política, sea de la clase que se quiera. Cuando lo público es en su sustancia clandestino, no hay ni puede haber política: ni siquiera la hacen los que ejercen el poder. Y no es suficiente que haya elecciones o votaciones.

¿Quiere decir esto que no puede uno ocuparse de política, porque no la hay? Sería demasiado. Cuando no hay política, la ocupación política no puede consistir en “fingir” que la hay, sino en crear las condiciones para que llegue a haberla. En otros términos, la preparación de una opinión pública, que es el suelo donde la política puede brotar. Por eso me parecen sumamente sospechosos los movimientos con vocación de clandestinidad que la cultivan aun en situaciones en que todo puede hacerse a la luz del día y en el escenario público: son los que hacen y dicen clandestinamente lo que pueden hacer y decir en medio de la calle, en los periódicos o en la televisión. Yo creo, por el contrario, que el usar la publicidad en cualquier medida y en cualquier circunstancia es ya un acto político positivo y eficaz en aquellas ocasiones en que la política está prohibida o negada -y los grados de esta negación podrían medirse por el margen en que esa publicidad sea todavía posible.

Lo grave es el abandono, la renuncia, la pasividad. En otros términos, la despolitización en que hoy viven la mayoría de los ciudadanos. Por terror, por simple temor, por cómoda y culpable adhesión a cierta propaganda, por utilitarismo, son innumerables los hombres de nuestro tiempo que se desentienden de la vida pública y -no lo olvidemos- de las relaciones con los demás, ya que toda verdadera política es siempre exterior.

Otra forma de despolitización -propia de los hombres que por su profesión viven en el elemento de lo “público”: intelectuales, escritores, artistas- es el olvido de la dimensión política de lo que directa o inmediatamente no es político. Me refiero a los que no se dan cuenta de que es difícil ser inteligente en una sociedad en que los otros no lo son, honestos en medio de la corrupción. Aun en el caso excepcionalmente favorable de que el creador individual, por suerte o por esfuerzo heroico, consiga para sí estas cualidades de que está privado su pueblo, hay que advertir que tiene que consumir increíble cantidad de energía en conseguirlo; y que el destino histórico y social de su obra queda comprometido al haber nacido en una circunstancia adversa.

Pero el riesgo opuesto es la politización, el no ocuparse más que de política y, sobre todo, verlo todo políticamente. La política es solo una fracción de la vida, y solo tiene realidad sustentada sobre el resto de ella. Una visión exclusivamente política de la realidad no es ni siquiera política; en realidad, no es una visión, sino lo contrario: un fanatismo. Y el fanatismo es lo que no deja ver, lo que sustituye la realidad por esquemas a priori, la suplanta por una construcción que a última hora es una decisión voluntaria y arbitraria.

El politicista es lo contrario del político; el político es un hombre alerta, despierto, atento a las circunstancias, el politicista es un obseso, un sonámbulo, un dispositivo mecánico que no reacciona más que a un estímulo elemental. De ahí el culto a la violencia que florece en este tipo de situaciones, y que es precisamente la negación de la política y la forma más evidente de falta de imaginación y de pereza mental.

Hace falta que haya política en las sociedades, porque es la única manera humana de gobernarlas, porque es la única manera de que las masas sean pueblos, y los individuos ciudadanos. Y es menester que haya política para que muchas cosas -la mayoría- no sean políticas, no estén contaminadas de politicismo, puedan vacar a ser libre y plenamente lo que tienen que ser. La política es el arte de entenderse -”hablando se entiende la gente”, dice un viaje dicho español-. Y como dijo el poeta: “Cuando el agua se hace charca, / como ya no tiene voz / hablan por ella las ranas”.

Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias


Tolerancia cero contra la corrupción.
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martes, 15 de mayo de 2007

RAFAEL ALBERTI POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

RAFAEL ALBERTI
(EL PUERTO DE SANTA MARIA, 1902-EL PUERTO DE SANTA MARIA, 1999)

“¡Sal, hortelana, del mar,
flotando, sobre tu huerto,
desnuda para llorar
por el marinero muerto!”
Rafael Alberti.

LA VOZ MARINERA

“Nací a la sombra de las barcas de la Bahía de Cádiz -nos contaba Rafael- , cuando -1902- las gentes campesinas de toda Andalucía se agitaban, hambrientas. Los primeros blancos que aclararon mis ojos fueron los de la sal de las salinas, las velas y las alas tendidas de las gaviotas”.

Es tan clara y simple la melodía de este mar -claro mar de Alberti- que difícilmente pudiera avenirse con la elocuencia de los grandes mitos. En el mar de Alberti se juega a sirenas y a marinerillos. También se juega a piratas, con naves corsarias y todo. Valerosa expedición esta que cruza el mar a todo vapor, a todo color, a todo rumor.

Rafael Alberti, último mito viviente de la Generación del 27, murió en la madrugada del 28 de octubre de 1999 en su casa Ora Marítima de El Puerto de Santa María. Tenía 96 años. Poeta jondo, dramaturgo comprometido, pintor sensible y hombre de paz, la voz de Alberti ha sonado con potencia enorme por todos los mares a lo largo de este siglo. Sus cenizas fueron esparcidas en la Bahía de Cádiz, el mar de su infancia.

El poeta gaditano, andaluz y universal Rafael Alberti nació el 16 de diciembre de 1902 en El Puerto de Santa María. En 1913, Alberti ingresaba en el Colegio de San Luis Gonzaga, regentado por los jesuitas. Empezó por entonces a despertarse en el joven Rafael la vocación de pintor. En mayo de 1917, la familia Alberti decide trasladarse a Madrid. Alberti pasa muchas horas en el Museo del Prado estudiando y observando a los copistas. Su vuelta al Mediterráneo, le recuerda su niñez atlántica; Málaga va a constituir un sustituto de los días pasados junto al otro mar.

Alberti escribe su primer poema la noche en que su padre muere en 1920. Es en 1923, recién estrenada la dictadura del general Primo de Rivera cuando nuestro poeta comienza a trabajar en los primeros poemas de lo que luego será su primer libro Marinero en tierra, lleno de versos “que iba sacándome de mis nostalgias del mar de Cádiz, de sus esteros, sus barcos y sus salinas...” Estos poemas, escritos a la sombra de Gil Vicente y de los cancioneros musicales de los siglos XV y XVI, los escribe en la sierra de Guadarrama donde se encuentra descansando, víctima de una enfermedad de pulmón. Los días que baja a Madrid los pasa con sus nuevos amigos de la Residencia de Estudiantes de la Institución Libre de Enseñanza: García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Moreno Villa. También entra en relación por aquellos días con Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego y Pedro Salinas.

En 1925 aparece Marinero en tierra que pocos meses antes ha dado a su autor, al alimón con Gerardo Diego, el Premio Nacional de Literatura. Traba conocimiento con su admirado Juan Ramón Jiménez, quien comienza a aconsejarle y establece amistad con José Bergamín.

El claro mar de Alberti tiene también su marina, traspasada de inequívoca luz andaluza. “El marinerito de mi carta de 1925 creció muy pronto -nos dijo Juan Ramón Jiménez-. Su marinera preciosa de mis calles del mar se la quedó tan en hilo, que al poeta le daba vergüenza salir a la calle de Madrid con tanta carne fuera (...). Rafael Alberti le va a decir a lo mirado una gran cosa del tamaño por lo menos del mar de Cádiz, el más bello mar, para mí, del mundo, el golfo más rico de poesía sudoeste que yo conozco”.

Entre Marinero en tierra y los primeros poemas de la guerra civil española. Alberti crea una obra que le asegura un puesto notable en la lírica española. En la misma línea de su primer libro están La amante y El alba de alhelí. Con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora (1927) escribe la prodigiosa arquitectura de Cal y canto. Sobre los ángeles, es uno de los hitos fundamentales en la lírica española moderna, y supone una doble ruptura: de forma, en su tendencia hacia el simbolismo, y de fondo, por la aparición de un cultivo más intenso de la intimidad.

Su compromiso político se produce al final de los años veinte, y en 1933, siendo ya miembro del partido comunista, funda con María Teresa León, la compañera de su vida, la revista revolucionaria Octubre; a partir de ese momento su postura se hace cada vez más comprometida con el Frente Popular, posición que se acentúa, una vez estallada la guerra civil, como secretario de la Alianza de Escritores Antifascistas. Son características a este respecto, Capital de la gloria y El poeta en la calle. Rafael Alberti, el indiscutible iniciador de la poesía revolucionaria en España, tiene sobre Emilio Prados -que tal vez cronológicamente se le adelanta en alguna composición- la ventaja de haberse convertido desde el primer momento en jefe visible de esta nueva orientación de las letras. Alberti está convencido de consagrar su inspiración a una causa noble. El compromiso con la sociedad es llevado a cabo con todas sus consecuencias a pesar de las reacciones que llega a provocar. Esta “poesía de urgencia” ha invertido el ideal lírico de años atrás. La ética por encima de la estética.

En 1939 llegó ese día sin alba. Una avioneta llevó a Alberti y a María Teresa a Orán. Luego; París, Buenos Aires, Roma... Viajero universal. Alberti se convirtió en uno de los símbolos más representativos de la otra España.

Con posterioridad a la guerra, publica un buen número de libros que han acrecentado su reputación como uno de los más importantes poetas contemporáneos. Son de destacar: Entre el clavel y la espada, Coplas de Juan Panadero, A la pintura, Retornos de lo vivo lejano, Ora marítima, Roma, peligro para caminantes, Los ocho nombres de Picasso... De su producción teatral merecen citarse los siguientes títulos: Fermín Galán, El hombre deshabitado, El adefesio, para muchos su pieza teatral más lograda, y Noche en el Museo del Prado. Es asimismo autor de una serie de semblanzas de escritores reunidas en Imagen primera de..., y de las memorias recogidas en La arboleda perdida. La antología Sólo la mar (1994), ilustrada por el autor y preparada por María Asunción Mateo, recoge los temas fundamentales de la poética albertiana: el amor, el exilio, la libertad, la mitología y el mar.

Tuvo que esperar la muerte de Franco y aún tardó en volver. El 27 de abril de 1977 llegó a Barajas con María Teresa y su hija. El canto de La Internacional le humedeció los ojos. “Me fui de España con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia”. Aceptó ser candidato al Congreso por el partido comunista.. También tuvo el reconocimiento absoluto en su país: Premio Nacional de Teatro (1981), Cervantes (1983) y Premio Andalucía de las Letras (1993).

“Su poesía tiene -decía Pablo Neruda- un aroma enlutado de Gustavo Adolfo Bécquer”. Del modo más perfecto, o del único modo perfecto: el poético puro. La poesía de Alberti adquiere, de este modo, sitio excepcional y distinto en la lengua española. De tal modo la voz marinera de Alberti ha logrado una poesía la mar de clara. Y aquel marinero en tierra se fue al mar. Y como dijo el poeta: “Ya está flotando el cuerpo de la aurora / en la bandeja azul del océano”.

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lunes, 14 de mayo de 2007

JULIÁN BESTEIRO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

JULIÁN BESTEIRO Y FERNÁNDEZ
(MADRID, 1870-CARMONA, 1940)

“Estamos obligados a decir lo que estimamos
que es la verdad, y toda la verdad.”
Primera intervención de Julián Besteiro
en las Cortes, 24 de mayo de 1918.

LA VOZ FIEL A LA VERDAD

En toda España se hizo famosa la respuesta de Besteiro al juez instructor de la intentona del 17. El gobierno no ignoraba que Besteiro, aunque coautor con Largo Caballero de aquel episodio de la lucha de clases, se había visto obligado por las circunstancias a retraerse un tanto y que sólo volvió al pleno ataque cuando el no hacerlo hubiera dejado indefensos y al descubierto a los ferroviarios. En el fondo, pues, la experiencia del episodio confirmaba su doctrina secreta. Pero el juez quería hacerle decir algo contrario a la huelga general revolucionaria; a lo que Besteiro opuso su famosa declaración: “Jamás me he opuesto yo a revolución alguna”. Ahora bien, querer confrontar esta magnífica actitud (que lo era y no sólo en palabras), querer oponer estas palabras, que eran un acto, a sus matices o reservas en tal o cual ocasión donde se negaba a seguir a los exaltados, revela falta de caletre y falta de acogida del pensamiento e intención del que se pretende juzgar.

En nuestro tiempo, todos los aspectos de barullo e indisciplina de aquel episodio se empequeñecen; y queda sólo que en agosto de 1917 Besteiro, Largo, Anguiano y Saborit estaban en prisiones militares, y que las intenciones de los que lo tenían encerrados se expresaban en los martillazos, que toda la noche oyeron, con los que se estaban erigiendo la capilla ardiente. Por fortuna, los cuatro condenados salieron a cumplir una pena de cárcel en el penal de Cartagena. El barbero del penal puso el toque final a la figura de Besteiro rapándole la barba krausista; y así, con su gorro de presidiario, aquel profesor de Lógica llegó a ser el aristócrata más amado del pueblo español.

Se puede atacar a Besteiro negándose a admitir que fuese un espíritu superior. Allá cada cual con su juicio. Lo que no cabe admitir es que su vida haya sido sinuosa y tortuosa por falta de desinterés. Besteiro fue un intelectual fiel a la verdad y a la honradez. Parece como que sus dotes naturales más espontáneas, quizás más inconscientes, fueran una distinción moral y una elegancia física que al punto lo delataban como aristócrata por naturaleza. Vestía con sencillez y eran sus gustos y estilos de vida más espartanos que atenienses, no por deseo de hacerse popular, sino porque tal era su natura.

Julián Besteiro y Fernández nace en Madrid el 21 de septiembre de 1870. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza, donde recibió una influencia perdurable de Giner de los Ríos, que marcó su vida dotándola de un fuerte sentido ético. Al acabar el bachillerato, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, años en los que frecuentó la Biblioteca del Ateneo. En 1897 publicó su primer libro, La Psicofísica, que había sido premiado en un certamen científico-literario. El mismo año gana por oposición la cátedra de Psicología, Lógica y Ética, del Instituto de Segunda Enseñanza de Orense, donde estará muy poco tiempo, pues se traslada enseguida con el mismo puesto, a Toledo. A partir de 1912 -un año antes de su matrimonio con Dolores Cebrián- Besteiro es miembro muy activo del socialismo español, actividad que hace compatible con su cátedra de Lógica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, conseguida también el mismo año.

Publicó numerosos escritos de carácter científico y filosófico en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Fue un tenaz participante en los mítines y conferencias de las organizaciones sociales, de los que nacieron discursos, declaraciones e informes de inapreciable valor, no sólo para el conocimiento de la historia del Partido obrero creado por Pablo Iglesias, sino de la propia historia española contemporánea. Besteiro fue en este orden de cosas, antes que un político, una actitud, un talante, enraizado profundamente con el afán liberador de las capas más humildes de la sociedad española.

Desde el punto de vista político, la vida de Besteiro estuvo marcada por una intensidad municipal. En 1913 se presenta por primera vez a las elecciones madrileñas por el distrito de Chamberí, formando parte de la conjunción republicano-socialista; desde entonces hasta el final de la guerra civil los madrileños siguieron votándole; así ocurrió en los comicios de 1918, 1919, 1920, 1923, 1931, 1933 y 1936, a lo que él correspondió con un entusiasmo extraordinario en el desempeño de su concejalía. Esto explica un cierto idilio entre Besteiro y Madrid, que tuvo su expresión más elocuente cuando, derrotada la República en 1939, decide quedarse en Madrid, compartiendo la suerte del pueblo. Murió al año siguiente, en la cárcel de Carmona, el 27 de septiembre.

Es evidente que la actividad política de Besteiro no se limitó a su proyección municipal, pues participó en la campaña contra la guerra de Marruecos, en la huelga general de 1917 y en las deliberaciones de las ejecutivas del PSOE y de la UGT, organizaciones en las que Besteiro figuraba con altos cargos electivos, o con una significación de extraordinario relieve. Al morir Pablo Iglesias en 1925, ostentó la presidencia del PSOE hasta 1931, en que dimite de dicha responsabilidad. La consideración general de su honestidad política e intelectual le llevará a la presidencia de las Cortes Constituyentes en 1931-1933, apartándose cada vez más de la vida política activa a partir de esa fecha; incluso en 1934, abandonará la presidencia de la UGT. En 1939 formó parte como ministro de Estado del Consejo Nacional de Defensa que presidía el general Miaja y cuya finalidad era poner fin a la guerra.

Es emocionante su respuesta a Regino García, militante del Partido Socialista, cuando al final de la guerra le pregunta: “Y usted, profesor, ¿qué piensa hacer?”. He aquí su respuesta: “Yo, que nunca dije “o no salvamos todos o todos pereceremos”, me quedaré con los que no puedan salvarse. Es indudable que facilitaremos la salida a muchos compañeros que deben irse y que se irán, por mar, por tierra o por aire, pero la gran mayoría, las masas numerosas, ésas, no podrán salir y yo que he vivido siempre con los obreros, con ellos seguiré y con ellos me quedo. Lo que sea de ellos, será de mí”.

Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
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EL DESPRECIO AL PUEBLO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

EL DESPRECIO AL PUEBLO

“Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.”
Gabriel Celaya.

EL POLITICO DE VERDAD NO PUEDE PROMETER
LO QUE NO ESTÁ EN SU MANO CUMPLIR


El “despotismo ilustrado” es una tentación que acomete a los hombres de vez en cuando. Es cierto que realizó grandes obras en el siglo XVIII; pero se suele olvidar primero, que el despotismo ilustrado fue una invención política, anterior a la democracia en Europa; y segundo, que cuando no hay democracia, la ilustración pasa y el despotismo queda.

La democracia encierra un riesgo permanente, un riesgo que la acompaña inevitablemente, que pertenece a su propia realidad. Si no se tiene en cuenta -y no suele tenerse- lo perturba todo, y puede dar al traste con ella.

La democracia se funda en la persuasión. Hay que persuadir a los electores para que voten a un partido o a un candidato. La quiebra de la retórica -de la buena retórica, el arte de mover a los hombres sin profanarlos- es lo más grave que le ha acontecido a la democracia -en general, a la política- en los últimos años. Este instrumento de persuasión es sustituido, en unos casos, por la demagogia, por la excitación de las pasiones; en otros, más leves, por ese pariente pobre de la demagogia que es la promesa hueca y falsa.

Cuando un partido ofrece beneficios incontables, supresión de inconvenientes, eliminación de peligros, inevitablemente despierta el deseo de que todo eso se realice, y los electores se sienten inclinados a ponerlo en el Poder. Es una tentación muy fuerte para los otros partidos el prometer otro tanto, o acaso más, para conseguir el apoyo del cuerpo electoral. Se establece así una pugna de la oferta, literalmente una inflacción de ella muy semejante a la económica.

Este riesgo es muy difícil de superar, porque acompaña al mecanismo de la democracia. No se pueden proponer medidas impopulares, por justificadas y aun necesarias que sean, porque ahuyentan el voto. Es muy improbable que ningún candidato se atreva a decir la verdad, si no es agradable.

¿Hay algún medio de escapar de esta situación, de evitar este riesgo que ha llevado a muchos países a la destrucción de la democracia, a la ruina económica, hasta que se llega a la solución mágica de una dictadura que, naturalmente, no resuelve ninguno de los problemas pendientes y añade uno más grave, el de ella misma?

Creo que sí, pero requiere un examen de conjunto de la cuestión y una vuelta a la condición profunda de la democracia, que casi siempre se olvida y se pasa por alto.

Actualmente está muy difundido entre los políticos, el desprecio al pueblo. Nunca lo he compartido. Siempre he creído que en muchos casos acepta lo inferior -se resigna, tal vez se aguanta con ello- porque no se le ofrece, o no se le presenta con suficiente eficacia, lo superior. Creo que la sociedad en su conjunto tiene capacidad de discernimiento y una alta dosis de buena voluntad.

A ello hay que apelar. A esta instancia suprema hay que recurrir contra la demagogia, la mentira, la oferta desleal por imposible de realizar y cumplir. El político que de verdad lo sea, que tenga vocación de orientar a su país hacia algo mejor y más interesante, de contribuir a la perfección de sus conciudadanos, tiene que ejercer, lo primero de todo, un acto de confianza en su pueblo. Debe prohibirse todo engaño, toda ocultación de la situación real, de las dificultades insuperables por una gestión particular de gobierno, porque no dependen de él, sino tal vez de la situación del mundo entero o de una fracción de él. Tiene que evitar la adulación, el halago de las pasiones bajas, del resentimiento, de la nostalgia irreal. No puede prometer lo que no está en su mano cumplir.

Y, claro está, debe mostrar la falsedad de adversario que falte a estas normas, persuadir al pueblo de que va a ser engañado, seducido, de que se está abusando de su desconocimiento, de la verdadera naturaleza de los problemas, de las consecuencias de las soluciones frívolas. Y como dijo el poeta: “Lo que tú me estás diciendo / ni tú lo puedes creer / ni yo me lo estoy creyendo”.

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domingo, 13 de mayo de 2007

ANTONIO MACHADO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

ANTONIO MACHADO
(1875-1939)

“Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.”
Antonio Machado.

LA VOZ MAS LIMPIA DE LA POESIA

De Antonio Machado, decía Unamuno, camino de su tertulia: “Vengo de saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco”.

Decía Goethe que lo que vale de nuestra vida es el sentido o significado que pudimos darle. La vida de un poeta no puede valorarse por el ingenio o acierto exclusivo de sus versos. El “gran español” Antonio Machado era un poeta, un gran poeta. El sentido y significado de su vida es inseparable de su poesía. Su pensar y decir poético lo es, esencialmente y profundamente, español. Y por serlo así, tan particularmente español, alcanza universalidad verdadera.

Antonio Machado entró en el mundo por el palacio de las Dueñas de Sevilla, el día 26 de julio de 1875 y lo abandonó el 22 de febrero de 1939, en Collioure, un pueblecito de la Cataluña francesa. En esos sesenta y cuatro años discurre una vida recogida y más bien solitaria; una vida que ha consistido principalmente en largos paseos por las tierras de España, larguísimas horas de recogimiento sobre los libros y remansos de conversación en las tertulias provincianas. Vida de meditación y creación: la de un joven estudiante de la Institución Libre de Enseñanza, la de un profesor de francés en los Institutos de Soria, Baeza y Segovia; la de un autor de teatro poco ocupado por los estrenos y nada por los homenajes; al cabo de su vida, la de un patriarca de las Letras, consagrado académico, con las satisfacciones de una popularidad cualificada y de un magisterio ejercido con modestia, pero universalmente.

En el orden estrictamente biográfico hay que anotar un viaje a París para seguir los cursos de Filosofía de Bergson; la boda con Leonor, una muchacha soriana de quince años y la muerte prematura de ésta; el amor constante por la madre, que morirá dos días más tarde que él; un amor más o menos misterioso en la madurez; algunos triunfos académicos y la participación plena y sincera en los dolores de la guerra civil. Más las relaciones de amistad con su maestro Giner de los Ríos, con los escritores del 98 e incluso con una porción de intelectuales provincianos de espíritu delicado. Casi todo en Machado ha sido, por lo tanto, vida privada, y ésta en muchas ocasiones, vida ensimismada.

Sin embargo, lo más notable en el evidente intimismo de Machado es, precisamente, una sensación de compañía humana, de sociedad esencial, que parece congregarse en cada una de sus expresiones y que permitirá luego la comunicación más universal de su espíritu. “Si vais para poetas, cuidad nuestro “folklore”, porque la verdadera poesía la hace el pueblo”, predica Juan de Mairena.

“Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, nos confesó Machado en su famoso verso. No era un doctrinario, un sectario, un profesional de la aventura política, desde luego. Toda su conducta, expresamente manifiesta en su vida, confirma el sentido político, el significado de esa bondad. Su tristísimo éxodo hacia la frontera francesa en 1939 no sólo confirma el buen sentido de su bondad, sino que la supera y verifica, inmortalizándola, como en Don Quijote, con su muerte. El significado entero de su vida quedó así definitivamente claro, verdadero, ineludible. Y es ese su ejemplo.

La poesía del poeta es inseparable de su vida dándole a esa vida su sentido. El sentido y significado de la vida de Antonio Machado es inseparable de su poesía. El descubrimiento de una sociedad basada en una serie de injusticias fue para nuestro poeta tema de meditación infantil. “Los que somos ya viejos y empezamos a escribir muy pronto evocamos hoy -escribía Machado en 1938-, como uno de los más decisivos recuerdos de nuestra infancia, la figura del compañero Iglesias -así se llamaba entonces-, de aquel obrero de palabra ardiente, de elocuencia cordial. Era yo un niño de trece años; Pablo Iglesias, un hombre en la plenitud de su vida...” Y continúa Machado: “Al escucharle, hacía yo la única reflexión que sobre la oratoria puede hacer un niño: “Parece que es verdad lo que este hombre dice”.

De esa verdad que el niño iba adivinando en las palabras de Pablo Iglesias; iba saliendo una ingenua conclusión: “El mundo en que vivo está mucho peor de lo que yo creía. Mi propia existencia de señorito pobre reposa, al fin, sobre una injusticia...”

Una pasión poética y una pasión política, entrelazadas, dieron a su voz ese acento propio, tan puro, tan hondo, tan humano que lo arraiga en palabras verdaderas; en palabras que salen del corazón. Y nos preguntamos con el poeta: “¿Qué fue de aquel mi corazón sonoro?”

Muere Machado a los sesenta y cuatro años. Concluye su vida cuando su visión, antaño, recelosa, solitaria, trasciende su historia. A Unamuno le escribe: “Es verdad hay que soñar despierto. No debemos crearnos un mundo aparte en qué gozar fantástica y egoístamente de la contemplación de nosotros mismos, no debemos huir de la vida para forjarnos una vida mejor que sea estéril para los demás”.

Su hermano José cuenta la indecible tragedia. Antonio Machado es enterrado lejos de aquella luz y color de Sevilla que recibieron con entusiasmo la apertura de sus ojos. José encontró en el bolsillo de su gabán el último verso que nos dejó escrito el gran poeta sevillano: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Una familia francesa les cede sitio en su nicho. ”Ici repose Antonio Machado, mort en exil le 22 février 1939”.

Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
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sábado, 12 de mayo de 2007

MARÍA DE LA O LEJÁRRAGA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

MARÍA DE LA O LEJÁRRAGA
(1874-1974).

“He llegado a convencerme de que la única razón de vivir
está en la alegría con que se vive.”
María de la O Lejárraga.

LA VOZ DEL SILENCIO SONORO.

María de la O Lejárraga más conocida como María Martínez Sierra estaba casada con el dudoso escritor Gregorio Martínez Sierra, con quien colaboró estrechamente en sus escritos. Hasta el punto de que fue ella la autora de numerosos éxitos teatrales que aparecieron firmados por su marido.

Ella fue una de las innumerables voces de la España Republicana que la guerra arrojó al exilio. Algunas tenían un doble registro: el literario y el del compromiso social. Este fue el caso de María: pedagoga, literata, dramaturga, periodista, dominadora de idiomas, fundadora de sociedades en defensa de la mujer, diputada socialista por Granada en 1933; agregada comercial en la embajada española en Bélgica, bajo cuya tutela estuvieron cientos de niños refugiados en la guerra.

María de la O Lejárraga y García nace en San Millán de la Cogolla (La Rioja), el 28 de diciembre de 1874, pero se crió en el pueblo de Carabanchel. Estudió magisterio. A los veintitrés años se enamora de Gregorio Martínez Sierra, un joven de diecisiete años al que le gustaba el teatro y escribir poemas. María y Gregorio se casaron el 30 de noviembre de 1900. Ella publicó con su nombre Cuentos breves. Realiza su primer viaje al extranjero para estudiar pedagogía. ”Bélgica fue mi iniciadora al socialismo”, reconocería. Allí descubrió que los muchachos y muchachas de la clase media hacían causa común con los trabajadores y con ellos, entró por primera vez a una Casa del Pueblo. En 1906 Gregorio Martínez Sierra se enamora de la hermosa y joven actriz Catalina Bárcena. Rafael Cansinos-Assens recoge, en sus Memorias, este comentario del poeta Banco-Fombona: “Gregorio tiene alma de comerciante... Hasta aquí explotó el talento de su mujer... que es quien le escribe sus libros. Ahora va explotar la voz de oro de la Bárcena”. Escribía María en silencio para Gregorio y lo compartía en silencio con Catalina. Esta situación imposible se prolongó durante años, hasta que en 1922 Catalina tuvo una hija con Gregorio. Entonces María se separó por fin y se fue a vivir a Francia pero siguió escribiendo para su marido.

Con la aparición de la revista Helios, en 1904, se intensifica la amistad de María con Juan Ramón Jiménez. La confraternidad fue una de las cosas hermosas en la vida de María y el poeta, según se deduce de su epistolario. Manuel de Falla fue otro de los grandes corresponsales de María Lejárraga. Su amistad fue tan leal y profunda como para convertirse en su confidente. Falla aceptó el humor de María de buen grado, quien le llamaba en andaluz Don Manué, y al músico le debía hacer tanta gracia como para firmarse él en sus cartas a María, Don Manué, y alguna vez añadió, er de las músicas.

La obra literaria de María de la O Lejárraga, bajo el nombre de Gregorio Martínez Sierra, es copiosa. Su novela Tú eres la paz, publicada en 1909, constituyó un best-seller. Tú eres la paz forma parte del trío de novelas largas de la firma Martínez Sierra, con La humilde verdad y El amor catedrático. El 21 de febrero de 1911 se estrenó en el teatro Lara Canción de cuna. A partir de este éxito, la carrera teatral de la firma Martínez Sierra fue una de las más triunfales. En el teatro Eslava se estrenaron o reestrenaron casi todos los títulos importantes de su producción: Amanecer, El arte de amar, La adúltera penitente, Sueños de una noche de agosto, Rosina es frágil, Cada uno y su vida, El corazón ciego, Don Juan de España, Mujer, Mamá, Para hacerse amar locamente, El reino de Dios, La torre de marfil... Al lado de estos títulos hay que destacar numerosos libretos que, en colaboración con los principales músicos y con los escenógrafos más audaces, dieron lugar a piezas escénicas tan memorables como El amor brujo y El corregidor y la molinera, de Falla; Las golondrinas, de Usandizaga o Navidad, de Turina.

Poco antes de la República María empezó a dar charlas feministas. Era la Presidenta de la Asociación de Educación Cívica, cuyo objetivo principal fue despertar a las mujeres de la clase media. A estas mujeres de la clase media iba dirigido principalmente, su libro La mujer española ante la República, escrito en 1930. El libro lo inició con la siguiente cita: “La Patria, que para los hombres es La Madre, para las mujeres es El Hijo”.

Fue elegida diputada en noviembre de 1933 por Granada. El hemiciclo de las Cortes Republicanas tuvo la oportunidad de oír la voz inteligente y sensible de María; la voz de una vocación incansable en contra de la injusticia y en favor de la igualdad. “Es preciso -decía María Lejárraga en la Cámara-, si se quiere libertar al pueblo, librarle de la esclavitud del hambre y de la esclavitud del terror”. La noche del 17 de julio de 1936 al salir María del Ateneo, le informan que, en Marruecos se ha sublevado el general Franco. “... Nuestra bien nacida República. Nació en paz, y murió a mano armada”, escribiría más tarde María Lejárraga. En el mes de noviembre de 1936 era designada a la Delegación de Berna, como agregada comercial para Suiza e Italia. En otoño de 1937, María se hace cargo de una colonia de niños evacuados de España. Al finalizar la guerra comienza un largo exilio con la huida a Francia, donde durante la ocupación nazi, sufrió la clandestinidad, pasó hambre, y tras la liberación de París, vivió ciega, pobre y aislada del mundo.

En septiembre de 1950, María de la O Lejárraga se embarca rumbo a Nueva York, vivirá en México y se trasladará definitivamente a Buenos Aires, donde realiza nuevos proyectos literarios y periodísticos.

Cuando a los 78 años publica en el exilio su autobiografía Gregorio y yo, ya ha pasado para ella mucho dolor y mucha vida. Dos años más tarde publica Una mujer por caminos de España, que es también un libro biográfico en el que cuenta la campaña electoral: emocionante, en una España hambrienta y desgarrada. María de la O Lejárraga murió en Buenos Aires, el 28 de junio de 1974, pocos meses antes de cumplir los cien años. En una de sus últimas cartas, María decía: “Las mujeres socialistas debemos enseñar, enseñar sobre todo una asignatura única: La solidaridad humana”.


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LUIS ARAQUISTAIN POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

LUIS ARAQUISTAIN
(1886-1959)

“Más que por sus ideas, que de ordinario son de aluvión
o insinceras, habremos de juzgar a nuestros políticos
por el grado de universalidad de su conciencia,
por la magnitud de su espíritu público”.
Luis Araquistain.

LA VOZ UN HOMBRE DE CARÁCTER

En un ensayo sobre el carácter, decía uno de los grandes moralistas modernos; Emerson, que los hombres de carácter son la conciencia de la sociedad a la que pertenecen. Araquistain escribe: “Enriquezcamos la conciencia de España, esto es, contribuyamos a aumentar el número de hombres de alto carácter, de móviles generosos y espíritu universal”.

Si de los Ríos y Besteiro representaban de modo eminente el “socialismo de cátedra” que se impuso a partir de 1914, no les iba muy a la zaga Araquistain, aunque, en este caso, su formación náutica y su dedicación periodística le alejasen considerablemente de los problema filosóficos y de las cuestiones teóricas que preocuparon a aquellos. Una vez hecha esta salvedad, debemos dejar constancia que fue un intelectual destacado, formando parte del grupo de intelectuales que entonces se acercaron al partido socialista.

Luis Araquistain Quevedo nació en Bárcena de Pie de Concha, pueblo de Cantabria, en 1886. Tras terminar su carrera de marino, que nunca ejerció, marchó a la Argentina, y allí iniciará su actividad periodística, jamás interrumpida. La mayor parte de sus libros fueron ante colaboraciones en prensa; su firma aparecerá en publicaciones como La Mañana, El Mundo, El Liberal, El Sol, La Voz, Claridad, habiendo sido director de la revista España, durante la segunda década del siglo XX, y de Leviatán, durante la tercera. En Argentina estuvo poco tiempo; enseguida regresó a España, pero su actividad periodística le obligaba a viajar frecuentemente: pasó temporadas en Londres, París, Berlín, aunque su residencia habitual fue siempre Madrid, por lo menos hasta su marcha al exilio, durante éste permaneció en París y en Londres (donde trabajó para la BBC) y finalmente se retiró a Ginebra, desde donde continuó sus colaboraciones en periódicos hispanoamericanos. Luis Araquistaín falleció en Ginebra en 1959.

En los años de la II República, Araquistain estuvo muy ligado a Largo Caballero, ocupando el puesto de subsecretario del ministerio de Trabajo y Previsión Social cuando aquél ocupó esa cartera. Entre febrero de 1932 y mayo de 1933, Araquistain fue embajador en Berlín, quedando muy impresionado por la ascensión del nazismo, que le llevó a radicalizar su postura en España, fundando en mayo de 1934 la revista Leviatán. Entre septiembre de 1936 y mayo del año siguiente, Araquistaín fue embajador en París; al regreso a España siguió la línea caballerista que había mantenido anteriormente.

La obra de Araquistain tuvo una expresión en géneros muy diferentes. Escribió novelas como Las columnas de Hércules, El archipiélago maravilloso y La vuelta del muerto; dramas como El rodeo y El coloso de arcilla; y libros de viaje como La revolución mejicana y La agonía antillana. Pero destaca su labor de ensayista político con títulos como los siguientes: Entre la guerra y la revolución, España en el crisol, El arca de Noé, El ocaso de un régimen, El pensamiento español contemporáneo.

Aunque Araquistain siguió muy de cerca las circunstancias políticas de cada momento, llevándole a un continuo vaivén en su pensamiento, no deja de percibirse en éste una coherencia muy notable que mantiene su evolución intelectual dentro de unas coordenadas inalterables desde sus primeras formulaciones juveniles hasta el final de su vida.

Cuando Araquistain publica su libro más importante de la primera época -España en el crisol (1920)-, el eje del análisis recae sobre los planteamientos de una “psicología de los pueblos”. De acuerdo con la misma, el “problema de España” es el de la decadencia moral del tipo humano español. En 1933 escribe un ensayo con el título de España ante la idea sociológica del Estado, que podemos considerar un testamento teórico; pues bien, allí reaparece de nuevo su vieja obsesión por el “problema de España” visto -ahora como entonces- bajo la óptica de la “psicología de los pueblos”.

De acuerdo con el planteamiento de la generación del 14, a la que pertenecía, Araquistain participaba del “regeneracionismo” común a todos sus miembros. Era un programa reformista de modernización española, con el fin de plasmar en la sociedad los ideales de una revolución burguesa que en España no había tenido lugar.

En otoño de 1955, Luis Araquistain decía en una carta privada refiriéndose a su propio Partido, el socialista, lo siguiente: “Somos una admirable Numancia errante que prefiere morir gradualmente a darse por vencida”. Y, justamente, en esa expresión de Araquistain, “Numancia errante” (que él emplea con una intención peyorativa), está la mejor definición de lo que ha sido el exilio político español: tanto por su voluntad de no declararse vencido como por su condición física misma de ámbito libre y de muro resonador. El exilio español debe enorgullecerse (y todos los españoles de noble ánimo deben compartir ese sentimiento) de esa condición “numantina”: porque la historia está hecha de esfuerzos así, de largas esperanzas y de firmes lealtades. Y es que como dijo Concha Méndez: “Nos movió el mismo dolor..., / la misma espina clavada..., / la misma fuerza de amor... / Tú en la tierra, desterrada, / y yo en el destierro mayor”.


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