NICOLAS MAQUIAVELO
(1469-1527)
“Ninguna fuerza doma, ningún tiempo consume,
ningún mérito iguala, el nombre de la libertad.”
Nicolás Maquiavelo.
LA VOZ DEL MAQUIAVELISMO
El defecto que la crítica siempre ha reprochado a Maquiavelo es la indiferencia moral. Lo cierto es que para él carecía de importancia que el carácter de un individuo fuera auténtico o inauténtico, que hubiera concordancia o discordancia entre su apariencia y su credo personal. Su interés se centra en la instauración de un orden social, lo que constituye la meta suprema de la acción histórica, y no juzga la moralidad subjetiva, sino por su importancia política. Si se quiere resumir el contenido de El Príncipe en la fórmula “el fin justifica los medios”, habrá de precisarse que ese fin es la instauración de la mejor forma posible de vida en común. A esta meta suprema del obrar humano deberían subordinarse, según Maquiavelo, la religión y la moral; al servicio de este objetivo final se pueden poner, según él, la mentira y el engaño, la hipocresía, la crueldad y el crimen.
Nicolás Maquiavelo, cuyo nombre en italiano era Niccolò di Bernardo dei Machiavelli, nació en San Casciano in Val di Pesa, pueblo muy próximo a Florencia, el 3 de mayo de 1469 y falleció en Florencia el 21 de junio de 1527. Hijo de una familia de abolengo venida a menos, estudió jurisprudencia. La complejidad de su talento lo mismo le permite ser pensador que historiador, autor cómico, satírico, novelista y poeta, después de haber sido sagaz político y diplomático. Precisamente la primera parte de su vida la pasó entregado, casi por completo, al desempeño de importantes cargos, secretario del Consejo de los Diez en Florencia y otros, también se le encargaron diversas embajadas en Italia, Francia y Alemania. Con la restauración de los Médicis en 1512, y tras varios incidentes graves, se vio obligado a abandonar sus cargos y retirarse a su finca de San Casciano, donde se consagró a las letras en medio de graves dificultades económicas.
Una de sus primeras obras es un poema que titula Decennale primo (1506-1509), especie de historia versificada de Italia de 1494 a 1504, época de grandes hechos históricos y de catástrofes que conducen al país a la pérdida de su independencia. El poema está lleno de odio a la denominación extranjera triunfante y de amor a la querida tierra italiana. En general, su poesía es más rica en pensamientos que en verdadera inspiración.
Su obra capital, o cuando menos la que mayor fama le ha dado, es un libro muy poco voluminoso, pero lleno de sustancia, de observación del mundo y aun de mala intención titulado El Príncipe (1513), que es, en cierto modo, complemento de otro titulado Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1513-1517). Según él mismo dice, en este último sus consejos iban dirigidos a las repúblicas, y en el primero a los príncipes o mejor dicho a los reyes. Y ¿qué le enseña a éstos las experiencias de Maquiavelo ayudada por su lectura de los grandes autores antiguos? Cómo un príncipe se hace amar y temer de sus vasallos; cómo logra hacérseles simpático y cómo los domina; de qué suerte ha de gobernarlos... según las costumbres de la época; qué clase de hombres les conviene elevar, y cuáles son los que debe hundir, y aun hacer desaparecer, por cuantos medios estén a su alcance, y el más breve y seguro es acabar con ellos, porque así se ahorrará el tener que ir siempre con el puñal en el cinto y dispuesto a usarlo. Quien da primero da dos veces, dice el adagio, y quien pegue ha de hacerlo desde el principio y en tal forma que no sea necesario repetir. El que se hace dueño de una ciudad –escribe- acostumbrada a gozar de su libertad, y no la destruye, ha de tener seguro que será destruido por ella. Quien adquiera Estados que han sido libres tiene tres medios a su disposición para conservarlos: destruirlos; irse a vivir a ellos; dejarles sus leyes, imponiéndoles un tributo y nombrando cierto número de personas para que formen un gobierno que los rija y conserve la paz en aquel país.
El modelo de príncipes para Maquiavelo se ve que era César Borgia, y no retrocedía ante sus crueldades, sino que las consideraba como muy legítimas, por razón de Estado, aunque no fueran más que vulgares asesinatos. El príncipe que contribuye a la elevación del poder de otro arruina el suyo –opinaba-, porque este nuevo poder habrá sido producto de la astucia o de la fuerza, y en ambos conceptos resulta sospechoso. Así va sentando Maquiavelo principios de lo que él llama buen gobierno, y escribiendo máximas como ésta: “los hombres nos ofenden por odio o por miedo”. Menos mal que también afirma que no es ninguna virtud el matar a sus conciudadanos y hacer traición a los amigos, el no tener fe, piedad, religión: todo esto “puede conducir a la soberanía, pero no a la gloria”. Y así como las ofensas hay que hacerlas todas de una vez, rápidamente, según él, los beneficios hay que irlos otorgando constantemente y “poco a poco, para que se puedan ir saboreando”.
Ese modo de gobernar basado en la astucia y en la fuerza, en que lo esencial es triunfar y, para lograrlo, el fin justifica los medios, es lo que ha dado origen a la palabra maquiavelismo; pero hemos de hacer notar que Maquiavelo no lo inventó, que no hizo más que teorizar, basándose, unas veces, en antiguos hechos que le suministraba la historia y, otras, en los mismos que la agitada e inmoral época contemporánea le ofrecía, pues así gobernaban franceses, italianos, españoles, todos los que querían dominar. Maquiavelo, hombre naturalmente astuto, añadió a la experiencia lo que su agudeza y escasos escrúpulos le sugerían.
El Príncipe es célebre no sólo por el fondo, sino por su exquisito lenguaje y por su estilo que le dan derecho a un lugar distinguido en la historia literaria de este período; pero junto a aquel breve y afortunado volumen están la Historia de Florencia (1520-1525), el sustancioso Discursos sobre la primera década de Tito Livio que contiene las más curiosas y útiles reflexiones, dignas de que aun hoy día se mediten y discutan; El arte de la guerra (1519-1520); no pocos opúsculos, discursos y fragmentos históricos; los papeles de las diferente misiones que desempeñó; su numerosa e interesante correspondencia, y en fin, lo que le ha proporcionado cierta fama infame: su teatro cómico en el que descuella su obscena obra La Mandrágora (h. 1520); con su célebre tipo del fraile Timoteo , en el que se ha visto, no sin cierto fundamento, un predecesor del Tartufo, de Moliére. Quizá se ha exagerado el mérito de esta obra, una anécdota escabrosa tomada de la realidad, en la que los espectadores sabían perfectamente de quién se estaban riendo y esta alusión aumentaba la gracia, la malicia. Y como dijo, la voz del maquiavelismo: “El vulgo se deja seducir siempre por la apariencia y el éxito”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA:http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
Paz y libertad.
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Gracias.
viernes, 11 de abril de 2008
jueves, 10 de abril de 2008
LOS BUENOS MODALES POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
LOS BUENOS MODALES.
”Has de ser austero, sobrio;
comedido en el hablar;
templado en el escribir,
porque la pluma se va
y escrito queda lo escrito,
que nunca podrás tachar.
Guarda de llevar tu ira
al insulto, primo Juan,
y ponle freno a los nervios
y a tus ansias de mandar.”
Antonio Agraz.
UNA BARRERA QUE NOS PROTEGE A TODOS.
Una escritora, amiga mía, me comentaba hace poco en una tertulia que en las últimos años se ha impuesto la grosería en el trato social: “Muy mal camino llevamos -me decía- cuando hemos llegado al punto que no sólo hemos perdido los buenos modales, sino que una persona educada es tachada de cursi y está bien visto un cierto toque de zafiedad”.
Ciertamente, la cortesía, no está bien vista en estos tiempos y la persona educada corre el riesgo de hacer el ridículo. La gente ya no se esfuerza por ir aseada, camina uno por las aceras y se ve obligado a no levantar la vista del suelo para sortear los excrementos de perro que no retiran sus dueños. Entra uno en el ascensor para subir al cuarto piso y llega mareado por el humo de los cigarros de los vecinos. Hace treinta años Noél Clarasó escribió un libro humorístico sobre los buenos modales en el que contaba como chiste cómo una señora de edad que había subido a un autobús repleto, al ver que nadie le cedía el asiento, preguntaba en voz alta: “¿Es que ya no quedan caballeros?”. A lo que una voz anónima respondía: “Lo que no quedan son asientos, señora”. Hoy el cuento no sería un chiste: en la actualidad, una contestación así podría incluso ser considerada como una delicadeza.
Los tiempos cambian y las relaciones sociales también; cada época tiene sus usos. En los reinados de los Austrias, quien besara a una señora cuando le fuera presentada se arriesgaba a recibir una estocada de su acompañante; en nuestros días, el que se incline ante las damas como se hacía en el siglo XVI hará el payaso. Y cada lugar tiene sus costumbres: mojar pan en las salsas resulta una incorrección en Inglaterra, pero no en España, desde que lo hizo Alfonso XIII delante de los reyes de aquel país. Cuando su esposa, la reina Victoria Eugenia, le comentó que los ingleses no echan “barquitos”, el rey le contestó: “Pues no saben lo que se pierden”. Sin embargo, por mucho que cambien las costumbres con el tiempo y las distancias, no se puede perder de vista que los buenos modales son, en toda época y en todo lugar, una barrera que protege igualmente a todos los ciudadanos.
De niños nos impartían en la escuela una asignatura llamada urbanidad. Reconozco que he olvidado muchas de las normas que me inculcaron entonces que algunas otras resultarían hoy excesivamente chocantes. No obstante como resumen de aquellas enseñanzas conservo muy vivas la de no hacer nada que pueda molestar a mi vecino y la de no tratar a los demás en la forma que yo no quisiera ser tratado. Sólo porque nuestros hijos retuvieran estas normas merecería la pena volver a implantar la asignatura de urbanidad en nuestro actual sistema educativo. Tal vez así podríamos cambiar un tanto esta sociedad cada vez más egoísta e insolidaria. Y es que, como dijo el poeta: “Vamos andando y no sabemos / a dónde vamos a parar. / Cuando nos cansemos de andar / nos pararemos y lo sabremos”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre.
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Gracias.
”Has de ser austero, sobrio;
comedido en el hablar;
templado en el escribir,
porque la pluma se va
y escrito queda lo escrito,
que nunca podrás tachar.
Guarda de llevar tu ira
al insulto, primo Juan,
y ponle freno a los nervios
y a tus ansias de mandar.”
Antonio Agraz.
UNA BARRERA QUE NOS PROTEGE A TODOS.
Una escritora, amiga mía, me comentaba hace poco en una tertulia que en las últimos años se ha impuesto la grosería en el trato social: “Muy mal camino llevamos -me decía- cuando hemos llegado al punto que no sólo hemos perdido los buenos modales, sino que una persona educada es tachada de cursi y está bien visto un cierto toque de zafiedad”.
Ciertamente, la cortesía, no está bien vista en estos tiempos y la persona educada corre el riesgo de hacer el ridículo. La gente ya no se esfuerza por ir aseada, camina uno por las aceras y se ve obligado a no levantar la vista del suelo para sortear los excrementos de perro que no retiran sus dueños. Entra uno en el ascensor para subir al cuarto piso y llega mareado por el humo de los cigarros de los vecinos. Hace treinta años Noél Clarasó escribió un libro humorístico sobre los buenos modales en el que contaba como chiste cómo una señora de edad que había subido a un autobús repleto, al ver que nadie le cedía el asiento, preguntaba en voz alta: “¿Es que ya no quedan caballeros?”. A lo que una voz anónima respondía: “Lo que no quedan son asientos, señora”. Hoy el cuento no sería un chiste: en la actualidad, una contestación así podría incluso ser considerada como una delicadeza.
Los tiempos cambian y las relaciones sociales también; cada época tiene sus usos. En los reinados de los Austrias, quien besara a una señora cuando le fuera presentada se arriesgaba a recibir una estocada de su acompañante; en nuestros días, el que se incline ante las damas como se hacía en el siglo XVI hará el payaso. Y cada lugar tiene sus costumbres: mojar pan en las salsas resulta una incorrección en Inglaterra, pero no en España, desde que lo hizo Alfonso XIII delante de los reyes de aquel país. Cuando su esposa, la reina Victoria Eugenia, le comentó que los ingleses no echan “barquitos”, el rey le contestó: “Pues no saben lo que se pierden”. Sin embargo, por mucho que cambien las costumbres con el tiempo y las distancias, no se puede perder de vista que los buenos modales son, en toda época y en todo lugar, una barrera que protege igualmente a todos los ciudadanos.
De niños nos impartían en la escuela una asignatura llamada urbanidad. Reconozco que he olvidado muchas de las normas que me inculcaron entonces que algunas otras resultarían hoy excesivamente chocantes. No obstante como resumen de aquellas enseñanzas conservo muy vivas la de no hacer nada que pueda molestar a mi vecino y la de no tratar a los demás en la forma que yo no quisiera ser tratado. Sólo porque nuestros hijos retuvieran estas normas merecería la pena volver a implantar la asignatura de urbanidad en nuestro actual sistema educativo. Tal vez así podríamos cambiar un tanto esta sociedad cada vez más egoísta e insolidaria. Y es que, como dijo el poeta: “Vamos andando y no sabemos / a dónde vamos a parar. / Cuando nos cansemos de andar / nos pararemos y lo sabremos”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
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Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre.
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Gracias.
EMILE ZOLA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
ÉMILE ZOLA
(1840-1902)
“Hasta hoy no comienza el proceso, pues hasta hoy
no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno;
a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro
los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga.
Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma,
y la explosión será terrible. Veremos como se prepara
el más ruidoso de los desastres.”
Ëmile Zola. Yo acuso.
LA VOZ DEL NATURALISMO
Émile Zola y Alphonse Daudet, completan, con Maupassant, el grupo de grandes novelistas franceses que hicieron famosa la novela en todas partes. Zola fue el verdadero jefe y definidor de la novela naturalista, de aquel roman experimental que él preconizaba. Verdad que fue también quien dio la nota más exagerada y brutal, el luchador de arremangado brazo, por decirlo en la forma más vulgar, que halló mucho gusto en hacerse blanco de todas las iras e insultos, que buscó deliberadamente los más bajos asuntos para obtener la popularidad, y que ahora lo paga con el premeditado y rencoroso olvido en que le tienen las generaciones jóvenes. ¡Quién podía pensar entonces que hoy no habría más que desprecio y silencio para el triunfador de ayer! Aquello de realismo le pareció poco a Zola, e impuso la bandera del naturalismo, que conducía a regiones más tenebrosas y más bajas que las que era costumbre explorar; pero siempre con la impasibilidad científica del médico que practica una operación o una autopsia. Ya no existen asuntos agradables o desagradables, morales o inmorales, buenos o malos: todos son casos dignos de estudio hasta que quedan examinados cuantos pormenores, cuantos síntomas, cuantas complicaciones existan. Aquí el autor estudia como en una clínica: sus personajes son enfermos que lo mismo da que vayan vestidos o desnudos según las necesidades del momento exijan para la curación o el examen.
De Zola se dijeron en el ardor de la lucha, lo mismo en Francia que en el extranjero, muchas tonterías, aunque llevando al lado ideas, juicios, muy aprovechables, muy justos. Es un autor que aspira a lo enorme, complejo y trascendental, como mente conviene releerlo por completo, con frialdad, para descubrir, por ejemplo, que sus puntas de poeta en prosa, de idealista, a su modo, y aun de romántico contra su voluntad; que a diferencia de Balzac, que nunca tuvo estilo propio, lo poseía muy marcado, lento hasta la pesadez, equilibrado, expresivo, sin caprichosas piruetas, exacto, con precisión científica; y que no todo en él son asquerosidades, como no lo son en el cuerpo humano, ni en la humanidad.
Émile Zola nace en París el 2 de abril de 1840 y muere en la misma ciudad el 29 de septiembre de 1902. Quedó huérfano a muy temprana edad, viviendo con numerosas estrecheces económicas. En el colegio tuvo como compañero a Paul Cézanne. En 1859, Zola suspende dos veces el examen de bachillerato, abandonando los estudios para buscar trabajo. Entra a trabajar, en la librería Hachete como dependiente y gracias a su destacada inteligencia, llegó a tener a su cargo la publicidad. Después se dedicó al periodismo, siendo autor de algunos artículos virulentos. Los hermanos Goncourt, de los que era amigo, lo introdujeron en los medios literarios de París. En 1870 se casa con Alexandrine Mélay. En 1888 se hace amante de Jeanne Rozerot, con la que tiene dos hijos. En 1890 se rechaza su entrada en la Academia francesa. Fue el más ardiente campeón de la revisión del proceso del oficial de artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición, con su famoso artículo Yo acuso (Carta al Presidente de la República) (1898), publicado en el diario L”Aurore, lo que le acarreó una condena de un año de prisión, teniéndose que exiliar a Inglaterra. Zola se había comprometido con la política y militaba en el partido socialista. A su regreso de Inglaterra en 1899, su socialismo había derivado hacia lo humanitario. La muerte de Zola en 1902 sigue sin aclararse totalmente; supuestamente murió en su casa, asfixiado por emanaciones de gas, aunque tal vez fuese asesinado. En 1906 se rehabilitó a Alfred Dreyfus y dos años más tarde los restos de Zola fueron llevados al Panteón de Hombres Ilustres.
A fin de que nada se le escape al autor de Thérèse Raquin, publicada en 1868, crea la imaginaria familia de los Rougon-Macquart, que le permite dar a la estampa una serie de novelas en las que va siguiendo la transmisión de la herencia neurótica, mezclada con la sanguínea, en dicha familia. Veinte volúmenes comprende Los Rougon-Macquart, historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio (1871-1893), entre ellos se cuentan El vientre de París (1873), estudio de la pequeña burguesía; La taberna (1877), gran éxito de ventas, centrada en el alcoholismo; Naná (1880), sobre el sexo; Pot-Bouille (1882), disección de las costumbres burguesas; El paraíso de las damas (1883), descripción de unos grandes almacenes, y Germinal (1885), epopeya del mundo minero. Posteriormente escribió la trilogía Las tres ciudades: Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), un ataque a la Iglesia y sus supersticiones. De su último proyecto, Los cuatro evangelios, sólo se publicaron Fecundidad (1899), Trabajo (1901) y Verdad (1903, póstumo). Fue autor, además, de obras teatrales, melodramas, poemarios y crítica literaria y artística. Las veladas de Medán (1880), libro de relatos fruto de las reuniones del grupo compuesto por Zola, Maupassant, Huysmans, Céard, Alexis y Hennique, fue considerado como el manifiesto del naturalismo. A pesar de la crudeza de la exposición y la debilidad filosófica del sistema mecanicista de determinación psicológica y moral que el naturalismo proclama, y que él creía poco menos que infalible, Zola fue uno de los más grandes literatos del siglo XIX, y su fuerza descriptiva, pese a un estilo conscientemente descuidado, no ha sido superada aún; por otra parte, el debate europeo que promovió tuvo una influencia decisiva en los cambios de rumbo de la narrativa de principios del siglo XX. Y como dijo el gran escritor francés: “Estamos aquí para vivir en voz alta”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
Paz, queramos paz.
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Gracias
(1840-1902)
“Hasta hoy no comienza el proceso, pues hasta hoy
no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno;
a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro
los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga.
Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma,
y la explosión será terrible. Veremos como se prepara
el más ruidoso de los desastres.”
Ëmile Zola. Yo acuso.
LA VOZ DEL NATURALISMO
Émile Zola y Alphonse Daudet, completan, con Maupassant, el grupo de grandes novelistas franceses que hicieron famosa la novela en todas partes. Zola fue el verdadero jefe y definidor de la novela naturalista, de aquel roman experimental que él preconizaba. Verdad que fue también quien dio la nota más exagerada y brutal, el luchador de arremangado brazo, por decirlo en la forma más vulgar, que halló mucho gusto en hacerse blanco de todas las iras e insultos, que buscó deliberadamente los más bajos asuntos para obtener la popularidad, y que ahora lo paga con el premeditado y rencoroso olvido en que le tienen las generaciones jóvenes. ¡Quién podía pensar entonces que hoy no habría más que desprecio y silencio para el triunfador de ayer! Aquello de realismo le pareció poco a Zola, e impuso la bandera del naturalismo, que conducía a regiones más tenebrosas y más bajas que las que era costumbre explorar; pero siempre con la impasibilidad científica del médico que practica una operación o una autopsia. Ya no existen asuntos agradables o desagradables, morales o inmorales, buenos o malos: todos son casos dignos de estudio hasta que quedan examinados cuantos pormenores, cuantos síntomas, cuantas complicaciones existan. Aquí el autor estudia como en una clínica: sus personajes son enfermos que lo mismo da que vayan vestidos o desnudos según las necesidades del momento exijan para la curación o el examen.
De Zola se dijeron en el ardor de la lucha, lo mismo en Francia que en el extranjero, muchas tonterías, aunque llevando al lado ideas, juicios, muy aprovechables, muy justos. Es un autor que aspira a lo enorme, complejo y trascendental, como mente conviene releerlo por completo, con frialdad, para descubrir, por ejemplo, que sus puntas de poeta en prosa, de idealista, a su modo, y aun de romántico contra su voluntad; que a diferencia de Balzac, que nunca tuvo estilo propio, lo poseía muy marcado, lento hasta la pesadez, equilibrado, expresivo, sin caprichosas piruetas, exacto, con precisión científica; y que no todo en él son asquerosidades, como no lo son en el cuerpo humano, ni en la humanidad.
Émile Zola nace en París el 2 de abril de 1840 y muere en la misma ciudad el 29 de septiembre de 1902. Quedó huérfano a muy temprana edad, viviendo con numerosas estrecheces económicas. En el colegio tuvo como compañero a Paul Cézanne. En 1859, Zola suspende dos veces el examen de bachillerato, abandonando los estudios para buscar trabajo. Entra a trabajar, en la librería Hachete como dependiente y gracias a su destacada inteligencia, llegó a tener a su cargo la publicidad. Después se dedicó al periodismo, siendo autor de algunos artículos virulentos. Los hermanos Goncourt, de los que era amigo, lo introdujeron en los medios literarios de París. En 1870 se casa con Alexandrine Mélay. En 1888 se hace amante de Jeanne Rozerot, con la que tiene dos hijos. En 1890 se rechaza su entrada en la Academia francesa. Fue el más ardiente campeón de la revisión del proceso del oficial de artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición, con su famoso artículo Yo acuso (Carta al Presidente de la República) (1898), publicado en el diario L”Aurore, lo que le acarreó una condena de un año de prisión, teniéndose que exiliar a Inglaterra. Zola se había comprometido con la política y militaba en el partido socialista. A su regreso de Inglaterra en 1899, su socialismo había derivado hacia lo humanitario. La muerte de Zola en 1902 sigue sin aclararse totalmente; supuestamente murió en su casa, asfixiado por emanaciones de gas, aunque tal vez fuese asesinado. En 1906 se rehabilitó a Alfred Dreyfus y dos años más tarde los restos de Zola fueron llevados al Panteón de Hombres Ilustres.
A fin de que nada se le escape al autor de Thérèse Raquin, publicada en 1868, crea la imaginaria familia de los Rougon-Macquart, que le permite dar a la estampa una serie de novelas en las que va siguiendo la transmisión de la herencia neurótica, mezclada con la sanguínea, en dicha familia. Veinte volúmenes comprende Los Rougon-Macquart, historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio (1871-1893), entre ellos se cuentan El vientre de París (1873), estudio de la pequeña burguesía; La taberna (1877), gran éxito de ventas, centrada en el alcoholismo; Naná (1880), sobre el sexo; Pot-Bouille (1882), disección de las costumbres burguesas; El paraíso de las damas (1883), descripción de unos grandes almacenes, y Germinal (1885), epopeya del mundo minero. Posteriormente escribió la trilogía Las tres ciudades: Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), un ataque a la Iglesia y sus supersticiones. De su último proyecto, Los cuatro evangelios, sólo se publicaron Fecundidad (1899), Trabajo (1901) y Verdad (1903, póstumo). Fue autor, además, de obras teatrales, melodramas, poemarios y crítica literaria y artística. Las veladas de Medán (1880), libro de relatos fruto de las reuniones del grupo compuesto por Zola, Maupassant, Huysmans, Céard, Alexis y Hennique, fue considerado como el manifiesto del naturalismo. A pesar de la crudeza de la exposición y la debilidad filosófica del sistema mecanicista de determinación psicológica y moral que el naturalismo proclama, y que él creía poco menos que infalible, Zola fue uno de los más grandes literatos del siglo XIX, y su fuerza descriptiva, pese a un estilo conscientemente descuidado, no ha sido superada aún; por otra parte, el debate europeo que promovió tuvo una influencia decisiva en los cambios de rumbo de la narrativa de principios del siglo XX. Y como dijo el gran escritor francés: “Estamos aquí para vivir en voz alta”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
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Paz, queramos paz.
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EMILE ZOLA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
ÉMILE ZOLA
(1840-1902)
“Hasta hoy no comienza el proceso, pues hasta hoy
no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno;
a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro
los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga.
Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma,
y la explosión será terrible. Veremos como se prepara
el más ruidoso de los desastres.”
Ëmile Zola. Yo acuso.
LA VOZ DEL NATURALISMO
Émile Zola y Alphonse Daudet, completan, con Maupassant, el grupo de grandes novelistas franceses que hicieron famosa la novela en todas partes. Zola fue el verdadero jefe y definidor de la novela naturalista, de aquel roman experimental que él preconizaba. Verdad que fue también quien dio la nota más exagerada y brutal, el luchador de arremangado brazo, por decirlo en la forma más vulgar, que halló mucho gusto en hacerse blanco de todas las iras e insultos, que buscó deliberadamente los más bajos asuntos para obtener la popularidad, y que ahora lo paga con el premeditado y rencoroso olvido en que le tienen las generaciones jóvenes. ¡Quién podía pensar entonces que hoy no habría más que desprecio y silencio para el triunfador de ayer! Aquello de realismo le pareció poco a Zola, e impuso la bandera del naturalismo, que conducía a regiones más tenebrosas y más bajas que las que era costumbre explorar; pero siempre con la impasibilidad científica del médico que practica una operación o una autopsia. Ya no existen asuntos agradables o desagradables, morales o inmorales, buenos o malos: todos son casos dignos de estudio hasta que quedan examinados cuantos pormenores, cuantos síntomas, cuantas complicaciones existan. Aquí el autor estudia como en una clínica: sus personajes son enfermos que lo mismo da que vayan vestidos o desnudos según las necesidades del momento exijan para la curación o el examen.
De Zola se dijeron en el ardor de la lucha, lo mismo en Francia que en el extranjero, muchas tonterías, aunque llevando al lado ideas, juicios, muy aprovechables, muy justos. Es un autor que aspira a lo enorme, complejo y trascendental, como mente conviene releerlo por completo, con frialdad, para descubrir, por ejemplo, que sus puntas de poeta en prosa, de idealista, a su modo, y aun de romántico contra su voluntad; que a diferencia de Balzac, que nunca tuvo estilo propio, lo poseía muy marcado, lento hasta la pesadez, equilibrado, expresivo, sin caprichosas piruetas, exacto, con precisión científica; y que no todo en él son asquerosidades, como no lo son en el cuerpo humano, ni en la humanidad.
Émile Zola nace en París el 2 de abril de 1840 y muere en la misma ciudad el 29 de septiembre de 1902. Quedó huérfano a muy temprana edad, viviendo con numerosas estrecheces económicas. En el colegio tuvo como compañero a Paul Cézanne. En 1859, Zola suspende dos veces el examen de bachillerato, abandonando los estudios para buscar trabajo. Entra a trabajar, en la librería Hachete como dependiente y gracias a su destacada inteligencia, llegó a tener a su cargo la publicidad. Después se dedicó al periodismo, siendo autor de algunos artículos virulentos. Los hermanos Goncourt, de los que era amigo, lo introdujeron en los medios literarios de París. En 1870 se casa con Alexandrine Mélay. En 1888 se hace amante de Jeanne Rozerot, con la que tiene dos hijos. En 1890 se rechaza su entrada en la Academia francesa. Fue el más ardiente campeón de la revisión del proceso del oficial de artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición, con su famoso artículo Yo acuso (Carta al Presidente de la República) (1898), publicado en el diario L”Aurore, lo que le acarreó una condena de un año de prisión, teniéndose que exiliar a Inglaterra. Zola se había comprometido con la política y militaba en el partido socialista. A su regreso de Inglaterra en 1899, su socialismo había derivado hacia lo humanitario. La muerte de Zola en 1902 sigue sin aclararse totalmente; supuestamente murió en su casa, asfixiado por emanaciones de gas, aunque tal vez fuese asesinado. En 1906 se rehabilitó a Alfred Dreyfus y dos años más tarde los restos de Zola fueron llevados al Panteón de Hombres Ilustres.
A fin de que nada se le escape al autor de Thérèse Raquin, publicada en 1868, crea la imaginaria familia de los Rougon-Macquart, que le permite dar a la estampa una serie de novelas en las que va siguiendo la transmisión de la herencia neurótica, mezclada con la sanguínea, en dicha familia. Veinte volúmenes comprende Los Rougon-Macquart, historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio (1871-1893), entre ellos se cuentan El vientre de París (1873), estudio de la pequeña burguesía; La taberna (1877), gran éxito de ventas, centrada en el alcoholismo; Naná (1880), sobre el sexo; Pot-Bouille (1882), disección de las costumbres burguesas; El paraíso de las damas (1883), descripción de unos grandes almacenes, y Germinal (1885), epopeya del mundo minero. Posteriormente escribió la trilogía Las tres ciudades: Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), un ataque a la Iglesia y sus supersticiones. De su último proyecto, Los cuatro evangelios, sólo se publicaron Fecundidad (1899), Trabajo (1901) y Verdad (1903, póstumo). Fue autor, además, de obras teatrales, melodramas, poemarios y crítica literaria y artística. Las veladas de Medán (1880), libro de relatos fruto de las reuniones del grupo compuesto por Zola, Maupassant, Huysmans, Céard, Alexis y Hennique, fue considerado como el manifiesto del naturalismo. A pesar de la crudeza de la exposición y la debilidad filosófica del sistema mecanicista de determinación psicológica y moral que el naturalismo proclama, y que él creía poco menos que infalible, Zola fue uno de los más grandes literatos del siglo XIX, y su fuerza descriptiva, pese a un estilo conscientemente descuidado, no ha sido superada aún; por otra parte, el debate europeo que promovió tuvo una influencia decisiva en los cambios de rumbo de la narrativa de principios del siglo XX. Y como dijo el gran escritor francés: “Estamos aquí para vivir en voz alta”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
Paz, queramos paz.
Aviso: Se ruega a los internautas que pongan en sus páginas el logotipo o banner de Internautas por la Paz y la Libertad que figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/internau.htm.
Gracias
(1840-1902)
“Hasta hoy no comienza el proceso, pues hasta hoy
no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno;
a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro
los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga.
Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma,
y la explosión será terrible. Veremos como se prepara
el más ruidoso de los desastres.”
Ëmile Zola. Yo acuso.
LA VOZ DEL NATURALISMO
Émile Zola y Alphonse Daudet, completan, con Maupassant, el grupo de grandes novelistas franceses que hicieron famosa la novela en todas partes. Zola fue el verdadero jefe y definidor de la novela naturalista, de aquel roman experimental que él preconizaba. Verdad que fue también quien dio la nota más exagerada y brutal, el luchador de arremangado brazo, por decirlo en la forma más vulgar, que halló mucho gusto en hacerse blanco de todas las iras e insultos, que buscó deliberadamente los más bajos asuntos para obtener la popularidad, y que ahora lo paga con el premeditado y rencoroso olvido en que le tienen las generaciones jóvenes. ¡Quién podía pensar entonces que hoy no habría más que desprecio y silencio para el triunfador de ayer! Aquello de realismo le pareció poco a Zola, e impuso la bandera del naturalismo, que conducía a regiones más tenebrosas y más bajas que las que era costumbre explorar; pero siempre con la impasibilidad científica del médico que practica una operación o una autopsia. Ya no existen asuntos agradables o desagradables, morales o inmorales, buenos o malos: todos son casos dignos de estudio hasta que quedan examinados cuantos pormenores, cuantos síntomas, cuantas complicaciones existan. Aquí el autor estudia como en una clínica: sus personajes son enfermos que lo mismo da que vayan vestidos o desnudos según las necesidades del momento exijan para la curación o el examen.
De Zola se dijeron en el ardor de la lucha, lo mismo en Francia que en el extranjero, muchas tonterías, aunque llevando al lado ideas, juicios, muy aprovechables, muy justos. Es un autor que aspira a lo enorme, complejo y trascendental, como mente conviene releerlo por completo, con frialdad, para descubrir, por ejemplo, que sus puntas de poeta en prosa, de idealista, a su modo, y aun de romántico contra su voluntad; que a diferencia de Balzac, que nunca tuvo estilo propio, lo poseía muy marcado, lento hasta la pesadez, equilibrado, expresivo, sin caprichosas piruetas, exacto, con precisión científica; y que no todo en él son asquerosidades, como no lo son en el cuerpo humano, ni en la humanidad.
Émile Zola nace en París el 2 de abril de 1840 y muere en la misma ciudad el 29 de septiembre de 1902. Quedó huérfano a muy temprana edad, viviendo con numerosas estrecheces económicas. En el colegio tuvo como compañero a Paul Cézanne. En 1859, Zola suspende dos veces el examen de bachillerato, abandonando los estudios para buscar trabajo. Entra a trabajar, en la librería Hachete como dependiente y gracias a su destacada inteligencia, llegó a tener a su cargo la publicidad. Después se dedicó al periodismo, siendo autor de algunos artículos virulentos. Los hermanos Goncourt, de los que era amigo, lo introdujeron en los medios literarios de París. En 1870 se casa con Alexandrine Mélay. En 1888 se hace amante de Jeanne Rozerot, con la que tiene dos hijos. En 1890 se rechaza su entrada en la Academia francesa. Fue el más ardiente campeón de la revisión del proceso del oficial de artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición, con su famoso artículo Yo acuso (Carta al Presidente de la República) (1898), publicado en el diario L”Aurore, lo que le acarreó una condena de un año de prisión, teniéndose que exiliar a Inglaterra. Zola se había comprometido con la política y militaba en el partido socialista. A su regreso de Inglaterra en 1899, su socialismo había derivado hacia lo humanitario. La muerte de Zola en 1902 sigue sin aclararse totalmente; supuestamente murió en su casa, asfixiado por emanaciones de gas, aunque tal vez fuese asesinado. En 1906 se rehabilitó a Alfred Dreyfus y dos años más tarde los restos de Zola fueron llevados al Panteón de Hombres Ilustres.
A fin de que nada se le escape al autor de Thérèse Raquin, publicada en 1868, crea la imaginaria familia de los Rougon-Macquart, que le permite dar a la estampa una serie de novelas en las que va siguiendo la transmisión de la herencia neurótica, mezclada con la sanguínea, en dicha familia. Veinte volúmenes comprende Los Rougon-Macquart, historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio (1871-1893), entre ellos se cuentan El vientre de París (1873), estudio de la pequeña burguesía; La taberna (1877), gran éxito de ventas, centrada en el alcoholismo; Naná (1880), sobre el sexo; Pot-Bouille (1882), disección de las costumbres burguesas; El paraíso de las damas (1883), descripción de unos grandes almacenes, y Germinal (1885), epopeya del mundo minero. Posteriormente escribió la trilogía Las tres ciudades: Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), un ataque a la Iglesia y sus supersticiones. De su último proyecto, Los cuatro evangelios, sólo se publicaron Fecundidad (1899), Trabajo (1901) y Verdad (1903, póstumo). Fue autor, además, de obras teatrales, melodramas, poemarios y crítica literaria y artística. Las veladas de Medán (1880), libro de relatos fruto de las reuniones del grupo compuesto por Zola, Maupassant, Huysmans, Céard, Alexis y Hennique, fue considerado como el manifiesto del naturalismo. A pesar de la crudeza de la exposición y la debilidad filosófica del sistema mecanicista de determinación psicológica y moral que el naturalismo proclama, y que él creía poco menos que infalible, Zola fue uno de los más grandes literatos del siglo XIX, y su fuerza descriptiva, pese a un estilo conscientemente descuidado, no ha sido superada aún; por otra parte, el debate europeo que promovió tuvo una influencia decisiva en los cambios de rumbo de la narrativa de principios del siglo XX. Y como dijo el gran escritor francés: “Estamos aquí para vivir en voz alta”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
Paz, queramos paz.
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Gracias
miércoles, 9 de abril de 2008
FORO LIBRE: HOMENAJE A MANUEL AZAÑA
FORO LIBREASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA
Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ
e-mail: pazylibertad@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
“El Estado no puede pensarse más que en función del Derecho,
del derecho del hombre, del hombre libre”.
Manuel Azaña.
HOMENAJE DE FORO LIBRE A MANUEL AZAÑA
El próximo lunes, día 14, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21 - Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del político, escritor y orador Manuel Azaña (1880-1940), con motivo del 77º aniversario de la proclamación de la II República Española.
Manuel Azaña fue considerado como la encarnación del espíritu republicano y esto que se consideró así en la propia vida de él, ha ido adquiriendo, con el paso del tiempo, un consenso mayoritario hasta el punto que la Segunda República viene a identificarse con la figura de Manuel Azaña en la opinión pública. Es obvio que esta identificación tiene su causa más inmediata en los puestos de responsabilidad –sobre todo la reiterada ocupación de la Presidencia de la República- que Azaña desempeñó entre 1931 y 1939, pero tergiversaríamos gravemente su significado político-intelectual si lo limitásemos a eso, pues la realidad más bien fue lo contrario. Azaña ocupó la Presidencia de la República porque era el hombre que mejor encarnaba su espíritu y su sentido.
Azaña defendió siempre la tradición liberal de la libertad de conciencia y la respetuosa separación de la Iglesia y el Estado como principio y hasta como premisa constitucional. El nacionalismo de Azaña proviene de su identificación con la historia de España, con la historia de los españoles ilustres y especialmente, con los ilustres perseguidos por defender las libertades.
A partir del 14 de abril de 1931 inicia su ascendiente vida política: ministro de la Guerra, presidente del Consejo de Ministros, presidente de la República. Durante estos años, Azaña no abandona su actividad literaria, principalmente mediante la redacción de sus Memorias íntimas.
Su obra está compuesta, entre otros, por los siguientes títulos: Los motivos de la germanofilia y Reims y Verdu (1917), sobre la primera guerra mundial, La política francesa contemporánea (1919), que forma parte de los estudios dedicados a la primera contienda mundial, Vida de don Juan Valera (1926), por la que recibió el premio Nacional de Literatura, El jardín de los frailes (1927), novela que recuerda sus vivencias colegiales y en la que critica la educación religiosa, La novela de Pepita Jiménez (1928), Valera en Italia (1929), Plumas y palabras (1930), La corona, drama (1930), La invención del Quijote y otros ensayos (1934), Mi rebelión en Barcelona (1935), donde niega su participación en los sucesos de octubre, La velada de Benicarló (1939) y Memorias íntimas (1939).
Una parte importantísima de la producción literaria de Azaña son discursos, dada su “vocación oratoria” que le convirtieron en uno de nuestros más grandes oradores del siglo XX, lo que justifica el juicio de Salvador de Madariaga: “Azaña ha sido el orador parlamentario más insigne que ha conocido España.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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Gracias.
Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ
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“El Estado no puede pensarse más que en función del Derecho,
del derecho del hombre, del hombre libre”.
Manuel Azaña.
HOMENAJE DE FORO LIBRE A MANUEL AZAÑA
El próximo lunes, día 14, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21 - Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del político, escritor y orador Manuel Azaña (1880-1940), con motivo del 77º aniversario de la proclamación de la II República Española.
Manuel Azaña fue considerado como la encarnación del espíritu republicano y esto que se consideró así en la propia vida de él, ha ido adquiriendo, con el paso del tiempo, un consenso mayoritario hasta el punto que la Segunda República viene a identificarse con la figura de Manuel Azaña en la opinión pública. Es obvio que esta identificación tiene su causa más inmediata en los puestos de responsabilidad –sobre todo la reiterada ocupación de la Presidencia de la República- que Azaña desempeñó entre 1931 y 1939, pero tergiversaríamos gravemente su significado político-intelectual si lo limitásemos a eso, pues la realidad más bien fue lo contrario. Azaña ocupó la Presidencia de la República porque era el hombre que mejor encarnaba su espíritu y su sentido.
Azaña defendió siempre la tradición liberal de la libertad de conciencia y la respetuosa separación de la Iglesia y el Estado como principio y hasta como premisa constitucional. El nacionalismo de Azaña proviene de su identificación con la historia de España, con la historia de los españoles ilustres y especialmente, con los ilustres perseguidos por defender las libertades.
A partir del 14 de abril de 1931 inicia su ascendiente vida política: ministro de la Guerra, presidente del Consejo de Ministros, presidente de la República. Durante estos años, Azaña no abandona su actividad literaria, principalmente mediante la redacción de sus Memorias íntimas.
Su obra está compuesta, entre otros, por los siguientes títulos: Los motivos de la germanofilia y Reims y Verdu (1917), sobre la primera guerra mundial, La política francesa contemporánea (1919), que forma parte de los estudios dedicados a la primera contienda mundial, Vida de don Juan Valera (1926), por la que recibió el premio Nacional de Literatura, El jardín de los frailes (1927), novela que recuerda sus vivencias colegiales y en la que critica la educación religiosa, La novela de Pepita Jiménez (1928), Valera en Italia (1929), Plumas y palabras (1930), La corona, drama (1930), La invención del Quijote y otros ensayos (1934), Mi rebelión en Barcelona (1935), donde niega su participación en los sucesos de octubre, La velada de Benicarló (1939) y Memorias íntimas (1939).
Una parte importantísima de la producción literaria de Azaña son discursos, dada su “vocación oratoria” que le convirtieron en uno de nuestros más grandes oradores del siglo XX, lo que justifica el juicio de Salvador de Madariaga: “Azaña ha sido el orador parlamentario más insigne que ha conocido España.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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Gracias.
martes, 8 de abril de 2008
HENRY DE MONTHERLANT POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
HENRY DE MONTHERLANT
(1896-1972)
“Se puede experimentar tanta alegría
al proporcional placer a alguien
que se sienten ganas de darle las gracias.”
Henry de Montherlant.
LA VOZ DE UN ESCRITOR DE ENTREGUERRAS
Henry de Montherlant cultivó la novela, la poesía, el ensayo y el teatro, pero destacó como novelista y dramaturgo principalmente.
Henry Marie Joseph Frédéric Expedite Millon de Montherland nació en París el 20 de abril de 1890 y se suicidó, tras una larga enfermedad, en la capital francesa el 21 de septiembre de 1972. Miembro de una familia aristocrática de origen catalán, pertenece a esa generación de entreguerras para quienes la acción y el peligro eran el antídoto contra la angustia moral Participó en la primera guerra mundial, donde fue herido; practicó varios deportes y se apasionó por las corridas de toros. Viajó por España, Italia y el Norte de África. En la segunda guerra mundial trabajó como periodista y en servicios a la Cruz Roja; después se retiró a escribir. En 1960 fue elegido miembro de la Academia francesa.
Entre sus primeras novelas destacan: El relevo de la mañana (1920), novela de guerra, El sueño (1922), en la que se refleja su individualismo nihilista, Las olímpicas (1924), sobre la nobleza del deporte y Los bestiarios (1926), sobre tauromaquia. Luego abandonó los temas más violentos y se dedicó al estudio del ser, su heroísmo y sus debilidades. Bajo este prisma aparecieron Los solteros (1934), Servicio inútil (1935), con sus recuerdos de la guerra, Las jóvenes (1936-1939), en cuatro volúmenes. En 1941, publicó Solsticio de junio, que no gustó a ninguna de las partes enfrentadas en Francia durante la segunda guerra mundial y, en 1951, la Historia de amor de la rosa de arena, una novela escrita entre 1931 y 1932, durante un viaje al Norte de África, que es una de sus mejores obras, de ideas anticolonialistas, donde critica el colonialismo francés.
Como dramaturgo estrenó varias obras: La reina muerta (1942) es sobre la historia de doña Inés de Castro, Malatesta (1946), El maestro de Santiago (1947) es de tema español; en ellas destaca el análisis psicológico, así como en Hijo de nadie (1944) y en su continuación, Mañana será de día (1949), en Port-Royal (1954), trata de esta abadía jansenista, en El Cardenal de España (1960), aparecen Cisneros y Juana la Loca; ésta hace reflexionar al Cardenal sobre la vaciedad de la vida y de los honores, finalmente, citaremos La guerra civil (1965). En 1963 regresó a la narrativa con El caos y la noche.
Montherlant es una personalidad compleja y así se refleja en sus obras, en las que alternan la Bestia y el Ángel, o, como él mismo dice, la “vena profana” (La reina muerta, Hijo de nadie y su continuación, en el teatro, Las jóvenes, en la novela), y “la vena cristiana” (El maestre de Santiago, Port Royal, El Cardenal de España, en teatro, La rosa de arena, Servició inútil, en la novela.). Y como nos dijo el escritor francés: “Se hiere al amor propio, no se le mata”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
¡Necesitamos vivir en paz!
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Gracias
(1896-1972)
“Se puede experimentar tanta alegría
al proporcional placer a alguien
que se sienten ganas de darle las gracias.”
Henry de Montherlant.
LA VOZ DE UN ESCRITOR DE ENTREGUERRAS
Henry de Montherlant cultivó la novela, la poesía, el ensayo y el teatro, pero destacó como novelista y dramaturgo principalmente.
Henry Marie Joseph Frédéric Expedite Millon de Montherland nació en París el 20 de abril de 1890 y se suicidó, tras una larga enfermedad, en la capital francesa el 21 de septiembre de 1972. Miembro de una familia aristocrática de origen catalán, pertenece a esa generación de entreguerras para quienes la acción y el peligro eran el antídoto contra la angustia moral Participó en la primera guerra mundial, donde fue herido; practicó varios deportes y se apasionó por las corridas de toros. Viajó por España, Italia y el Norte de África. En la segunda guerra mundial trabajó como periodista y en servicios a la Cruz Roja; después se retiró a escribir. En 1960 fue elegido miembro de la Academia francesa.
Entre sus primeras novelas destacan: El relevo de la mañana (1920), novela de guerra, El sueño (1922), en la que se refleja su individualismo nihilista, Las olímpicas (1924), sobre la nobleza del deporte y Los bestiarios (1926), sobre tauromaquia. Luego abandonó los temas más violentos y se dedicó al estudio del ser, su heroísmo y sus debilidades. Bajo este prisma aparecieron Los solteros (1934), Servicio inútil (1935), con sus recuerdos de la guerra, Las jóvenes (1936-1939), en cuatro volúmenes. En 1941, publicó Solsticio de junio, que no gustó a ninguna de las partes enfrentadas en Francia durante la segunda guerra mundial y, en 1951, la Historia de amor de la rosa de arena, una novela escrita entre 1931 y 1932, durante un viaje al Norte de África, que es una de sus mejores obras, de ideas anticolonialistas, donde critica el colonialismo francés.
Como dramaturgo estrenó varias obras: La reina muerta (1942) es sobre la historia de doña Inés de Castro, Malatesta (1946), El maestro de Santiago (1947) es de tema español; en ellas destaca el análisis psicológico, así como en Hijo de nadie (1944) y en su continuación, Mañana será de día (1949), en Port-Royal (1954), trata de esta abadía jansenista, en El Cardenal de España (1960), aparecen Cisneros y Juana la Loca; ésta hace reflexionar al Cardenal sobre la vaciedad de la vida y de los honores, finalmente, citaremos La guerra civil (1965). En 1963 regresó a la narrativa con El caos y la noche.
Montherlant es una personalidad compleja y así se refleja en sus obras, en las que alternan la Bestia y el Ángel, o, como él mismo dice, la “vena profana” (La reina muerta, Hijo de nadie y su continuación, en el teatro, Las jóvenes, en la novela), y “la vena cristiana” (El maestre de Santiago, Port Royal, El Cardenal de España, en teatro, La rosa de arena, Servició inútil, en la novela.). Y como nos dijo el escritor francés: “Se hiere al amor propio, no se le mata”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
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lunes, 7 de abril de 2008
ALEXANDRE DUMAS (HIJO) POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
ALEXANDRE DUMAS (HIJO)
(1824-1895)
“Porque-dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y tomando
de un gran ramo de camelias rojas comprado por la mañana
una camelia que colocó en mi ojal- porque no siempre se pueden
cumplir los tratados el mismo día en que se firman.”
Alexandre Dumas, hijo.
LA VOZ DEL AUTOR DE “LA DAMA DE LAS CAMELIAS”
Alexandre Dumas, hijo, comenzó su carrera artística en el teatro, aunque su primer éxito dramático, La dama de las camelias (1852), apareció primero en forma de novela (1848). En esta obra, a un gran lirismo romántico se une la observación de las costumbres y los problemas sociales, como ya habían hecho muchos autores románticos, Víctor Hugo principalmente. Su éxito ha sido enorme y todavía hoy sigue representándose como obra característicamente romántica por su tierno sentimentalismo.
La dama de la camelias está inspirada en un hecho real de la vida de Alexandre Dumas, sus amores con Marie Duplessis, joven parisina que mantuvo distintas relaciones con importantes personajes de la vida social. Dumas, hijo, escribe la novela tras el fallecimiento de Marie, que le había abandonado por Franz Listz. La obra comienza con los funerales de Marguerite Gautier, protagonista de la obra. En esta historia se basó Giussepe Verdi para componer su célebre ópera La traviata.
Alexandre Dumas, hijo, como se le conoce a Alexandre Dumas Labay, nació en París el 27 de julio de 1824 y falleció en Marly-le Roi el 27 de noviembre de 1895. Hijo natural del novelista y dramaturgo Alexandre Dumas y Marie-Catherine Labay, modista. Su padre le reconoció legalmente en 1831 y le dio una buena educación en la institución Goubaux y la academia Bourbon. Su infancia no fue feliz, tuvo que soportar las burlas de sus compañeros por ser hijo ilegítimo, a lo que se unió la separación de su madre, cuya agonía le inspiró algunos de sus dramáticos caracteres femeninos. En su obra El hijo natural (1858), se atrevió a exponer que el padre que tiene un hijo ilegítimo, debe legitimarlo y casarse con la madre. En 1844 Dumas, para vivir con su padre, se trasladó a Saint-Germain-en Laye, donde conoció a Marie Duplessis. El 31 de diciembre de 1864 Alexandre Dumas, hijo, se casó con Nadine Von-Knorring, y tuvieron dos hijas Marie-Alexandrine y Jeannine. Tras el fallecimiento de su primera mujer, contrajo matrimonio con Henriette Réginer. En 1874, Alexandre Dumas fue elegido miembro de la Academia francesa pese a la constante oposición de Víctor Hugo y en 1894 le fue concedida la Legión de Honor.
Dumas, hijo, inició su carrera literaria con Aventuras de cuatro mujeres y un papagayo (1846) y un libro de poemas, Pecados de juventud (1847), en el que denunciaba la vida de libertino que llevó en su juventud. Su primer gran éxito seria su novela La dama de las camelias (1848), cuya posterior dramatización, Camille (1852), le abrió las puertas del teatro. Después de publicar otras novelas como La novela de una mujer (1849), La dama de las perlas (1853) y El asunto Clemenceau, memoria del acusado (1866), considerada como su mejor obra literaria, se dedicó casi por completo al teatro y cultivó las obras de tesis, intentando mejorar las costumbres de la sociedad, como El medio mundo (1955), El hijo natural (1858), Un padre pródigo (1859) y El amigo de las mujeres (1864). Asimismo publicó algunos ensayos de temas de actualidad como La cuestión del divorcio (1888). Y como dijo el dramaturgo y novelista francés: “El amor es física. El matrimonio, química”.
Francisco Arias Solise-mail: aarias@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
Por la convivencia frente a la crispación.
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Gracias.
(1824-1895)
“Porque-dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y tomando
de un gran ramo de camelias rojas comprado por la mañana
una camelia que colocó en mi ojal- porque no siempre se pueden
cumplir los tratados el mismo día en que se firman.”
Alexandre Dumas, hijo.
LA VOZ DEL AUTOR DE “LA DAMA DE LAS CAMELIAS”
Alexandre Dumas, hijo, comenzó su carrera artística en el teatro, aunque su primer éxito dramático, La dama de las camelias (1852), apareció primero en forma de novela (1848). En esta obra, a un gran lirismo romántico se une la observación de las costumbres y los problemas sociales, como ya habían hecho muchos autores románticos, Víctor Hugo principalmente. Su éxito ha sido enorme y todavía hoy sigue representándose como obra característicamente romántica por su tierno sentimentalismo.
La dama de la camelias está inspirada en un hecho real de la vida de Alexandre Dumas, sus amores con Marie Duplessis, joven parisina que mantuvo distintas relaciones con importantes personajes de la vida social. Dumas, hijo, escribe la novela tras el fallecimiento de Marie, que le había abandonado por Franz Listz. La obra comienza con los funerales de Marguerite Gautier, protagonista de la obra. En esta historia se basó Giussepe Verdi para componer su célebre ópera La traviata.
Alexandre Dumas, hijo, como se le conoce a Alexandre Dumas Labay, nació en París el 27 de julio de 1824 y falleció en Marly-le Roi el 27 de noviembre de 1895. Hijo natural del novelista y dramaturgo Alexandre Dumas y Marie-Catherine Labay, modista. Su padre le reconoció legalmente en 1831 y le dio una buena educación en la institución Goubaux y la academia Bourbon. Su infancia no fue feliz, tuvo que soportar las burlas de sus compañeros por ser hijo ilegítimo, a lo que se unió la separación de su madre, cuya agonía le inspiró algunos de sus dramáticos caracteres femeninos. En su obra El hijo natural (1858), se atrevió a exponer que el padre que tiene un hijo ilegítimo, debe legitimarlo y casarse con la madre. En 1844 Dumas, para vivir con su padre, se trasladó a Saint-Germain-en Laye, donde conoció a Marie Duplessis. El 31 de diciembre de 1864 Alexandre Dumas, hijo, se casó con Nadine Von-Knorring, y tuvieron dos hijas Marie-Alexandrine y Jeannine. Tras el fallecimiento de su primera mujer, contrajo matrimonio con Henriette Réginer. En 1874, Alexandre Dumas fue elegido miembro de la Academia francesa pese a la constante oposición de Víctor Hugo y en 1894 le fue concedida la Legión de Honor.
Dumas, hijo, inició su carrera literaria con Aventuras de cuatro mujeres y un papagayo (1846) y un libro de poemas, Pecados de juventud (1847), en el que denunciaba la vida de libertino que llevó en su juventud. Su primer gran éxito seria su novela La dama de las camelias (1848), cuya posterior dramatización, Camille (1852), le abrió las puertas del teatro. Después de publicar otras novelas como La novela de una mujer (1849), La dama de las perlas (1853) y El asunto Clemenceau, memoria del acusado (1866), considerada como su mejor obra literaria, se dedicó casi por completo al teatro y cultivó las obras de tesis, intentando mejorar las costumbres de la sociedad, como El medio mundo (1955), El hijo natural (1858), Un padre pródigo (1859) y El amigo de las mujeres (1864). Asimismo publicó algunos ensayos de temas de actualidad como La cuestión del divorcio (1888). Y como dijo el dramaturgo y novelista francés: “El amor es física. El matrimonio, química”.
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