NIÑOS EN SALAS DE ESPERA
“La canción que yo he cantado
para los niños dolientes,
misericordiosamente
¡cántame!”
Gabriela Mistral.
UNA LARGA ESPERA PREÑADA DE DESESPERANZA
Uno de los derechos primordiales de los menores es el de tener una familia que se responsabilice de sus necesidades materiales, que le dé afecto y apoyo social. En el caso de los menores en instituciones, se presupone que una grave carencia en uno o en todos estos aspectos ha motivado la intervención de las autoridades y que se ponga en marcha una acción educadora que restituye a los niños el derecho de crecer en un ámbito que satisfaga sus necesidades materiales y psicológicas.
Se da por sentado que la acción institucional es sustitutoria y, por lo mismo, dura un tiempo más bien escaso. ¿Cuánto tiempo? En la práctica cotidiana existe un grupo muy numeroso de estos menores para los cuales su estancia en las instituciones de acogidas se hace crónica. Las dos posibles salidas que se les promete –reintegrarse a su familia de origen o ser acogidos (adopción) por parte de una nueva familia- no se plantean con ninguna inmediatez. En cualquier caso los niños mantienen unas expectativas acumuladas que, un día o un año tras otro, se ven frustradas. Son niños que se ven permanentemente instalados en la “sala de espera”.
Es obvio que esta situación contradictoria incide negativamente en su adaptación a las instituciones que los acogen. Cuando se “está de paso” no hay necesidad ni esfuerzo por integrarse, si se “está de paso” durante mucho tiempo, la integración se descarta pues cuanto más tiempo transcurre, más cerca ha de estar el fin. Esta falta de adaptación incide particularmente en la escuela con los efectos que se pueden suponer.
Como consecuencia, los niños en esta coyuntura proceden a una especie de “evasión” imaginaria. Uno de los principales problemas que existe en la mayor parte de los que están en instituciones de acogida, es la reconstrucción fantástica que hacen de su vida. Y ello en una doble vertiente: crean un pasado inexistente e imaginan un futuro imposible. Ello se da sobre todo en los niños que están a la espera de reintegrarse con su familia originaria. Generalmente son incapaces de reconocer las causas (familiares) que están en el origen de su institucionalización y se forjan una interpretación del pasado que jamás pone en entredicho el comportamiento de sus padres; en cambio, son aquellas personas e instituciones que los acogen los “culpables” de su situación desesperadamente incierta. El futuro es contemplado por estos niños como un tiempo idealizado en que todos estos problemas dejarán de existir. Pero en el tránsito a esa otra fase de vida pocas veces, piensan ellos, va a intervenir su decisión y su esfuerzo personal sino que sobrevendrá como el final de un cuento de hadas.
En muchos casos los padres no se mantienen alejados de sus hijos: los visitan de vez en cuando o, al menos una vez por año, declaran que siguen sin poder mantenerlos (y así permanecen en la institución). Este vínculo –cuya ruptura tiene algo de “tabú”- alimenta ilusiones, expectativas de un futuro necesariamente mejor. Los padres, cuando se encuentran con los hijos, les prometen que pronto los sacarán de la institución; después siempre hay alguna razón externa, ajena a su voluntad, que se levanta como obstáculo a este “final feliz”. Nunca llega el momento idóneo para el regreso. Pero los niños se siguen aferrando, como a un clavo ardiente, a la creencia en el retorno inminente al hogar. Ello define un eje de sentido para sus vidas.
Algunos padres desencadenan sutilmente un proceso de culpabilización en sus hijos. Le transmiten el mensaje de que si no regresan es por su culpa: se portan mal, no son responsables, son malos estudiantes... Por si fuera poco, en más de una ocasión los propios educadores contribuyen a remachar el clavo. La principal consecuencia de todo ello está en que se encuentran en un callejón sin salida: no se reintegran a su familia porque se portan mal, pero se portan mal, porque ello es inherente a la vida en una institución disciplinaria. Con lo que se entra en círculo vicioso que lleva al bloqueo, al estancamiento y a un sin fin de conductas motivadas por la rabia y la impotencia.
No es de extrañar que muchos de estos niños acaben por enquistarse dentro de una “burbuja” psicológica: se alejan de la realidad, pierden toda motivación para aprender, no disfrutan de la vida y tienen una marcada tendencia al fantaseo como ensoñación estéril en oposición tanto a la imaginación como a la conciencia de la realidad.
En definitiva, una larga espera preñada de desesperanza, unida a la falta de conciencia de la propia situación y a la percepción sui generis de su realidad, constituyen un muro que se alza como barrera al desarrollo. Y como dijo el poeta: “Desde entonces viví soñando / con aquel infantil infierno / por el que tus manos de niña / me guiaban para perdernos”.
Francisco Arias Solís
No disparar donde haya niños. Stop.
En la gloria no necesitamos más ángeles.
Portal de Internautas por la Paz y la Libertad y de Foro Libre.
URL: http://www.internautasporlapaz.org
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Niños adictos al ordenador y al televisor por Francisco Arias Solís
NIÑOS ADICTOS AL ORDENADOR Y AL TELEVISOR
“Porque me voy separando
hasta de la soledad
en que me estaba quedando”.
José Bergamín.
A LOS NIÑOS SE LES AISLA CON ORDENADORES Y TELEVISIORES
La televisión y el ordenador de juegos han pasado a ser los compañeros inseparables de muchos niños. Esta distracción exige mantener una inmovilidad postural y un silencio absoluto. La consecuencia inmediata es un bloqueo de la visión y la audición. La automatización del niño y una inmadurez cerebral.
El niño actual pasa en su casa periodos prolongados de aislamiento rodeado de múltiples elementos de “compañía” o distracción. La televisión y el ordenador de juegos empiezan a transformarse en los verdaderos acompañantes de parte de la población infantil.
Pero tanto el televisor como el ordenador, cuando se utilizan diaria y continuadamente, facilitan la aparición en los niños de numerosos trastornos psicológicos y cambios de conductas que pueden llegar a transformarse en graves problemas psicopatológicos.
Las pantallas de televisores y ordenadores no sólo constituyen elementos de radiación de pequeña intensidad, sino que obligan al niño a mantener durante largos periodos de tiempo una especial inmovilidad y postura, a la vez que bloquean los analizadores perceptivos que impide la recepción de otros estímulos exteriores. En numerosos casos, como consecuencia de esta postura, se han producido situaciones de pre-hipnosis o sueño paradójico que llegan a modificar los trazados electroencefalográficos. Por otra parte, el ordenador infantil que suele utilizar programas de juegos competitivos, en realidad instiga a una competición entre la máquina programada y el niño, obligando a una permanente alertación, inmovilidad y rapidez progresiva de respuestas para algo que no contiene enseñanza alguna (no olvidemos que la enseñanza es meditación). Constituye, tan sólo un ejercicio de automatización estímulo-respuesta rígido, inmeditable (el pensamiento operacional se bloquea por innecesario), “antidialógico” e irreal. Al mismo tiempo se fuerza a una permanente rigidez postural ya que practican tan sólo, mínimos movimientos de dedos, mientras se mantiene silencioso. Por otra parte, la mayoría de programas utilizados exigen respuestas bélicas agresivas, donde prima la destrucción y las normas éticas o solidarias no existen.
Un contingente en aumento de la población infantil es satisfecha, por no decir aislada de las relaciones familiares, mediante la facilitación de televisores y ordenadores de juegos. Durante diarios y prolongados espacios de tiempo, el niño solo, aislado en una habitación contempla incesantemente televisión o maneja juegos de ordenadores. Muchos de ellos comen o duermen con estos artefactos. Pero simultáneamente a esta educación electrónica el niño empieza a mostrar desviaciones de la conducta. Hablan poco, realmente también lloran poco, salvo cuando se le quiere suprimir su “compañero”, lo que les produce violentas reacciones agresivas que tienden al juego ritualizado y a una polarización afectiva fuera del campo de la relación social. Se muestran reservados, rígidos, poco afectuosos, enemigos de caricias y besos, silenciosos, con escaso interés por el mundo animado.
En realidad, la sustitución de los contactos e intercambios personales humanos por estas máquinas, parece favorecer una desorganización de los receptores sensoriales y cerebrales los cuales acaban solo filtrando y elaborando las estimulaciones sensoriales de fuentes electrónicas.
La sustitución o disminución del empleo de televisores y ordenadores en los niños con tendencias “electronicoadictivas” constituye la base para evitar parte de estos trastornos. La relación familiar, el juego y los contactos sociales junto a la actividad física y el conocimiento real del mundo determinan los fundamentos de la maduración infantil equilibrada. Y es que, como dijo el poeta: “Igual que cuando éramos niños / y jugábamos a perdernos / por largos pasillos y alcobas / de un enorme caserón viejo”.
Francisco Arias Solís
Si quieres la paz, prepárate a vivir en paz con todos los hombres.
Portal de Internautas por la Paz y la Libertad y de Foro Libre.
URL: http://www.internautasporlapaz.org
“Porque me voy separando
hasta de la soledad
en que me estaba quedando”.
José Bergamín.
A LOS NIÑOS SE LES AISLA CON ORDENADORES Y TELEVISIORES
La televisión y el ordenador de juegos han pasado a ser los compañeros inseparables de muchos niños. Esta distracción exige mantener una inmovilidad postural y un silencio absoluto. La consecuencia inmediata es un bloqueo de la visión y la audición. La automatización del niño y una inmadurez cerebral.
El niño actual pasa en su casa periodos prolongados de aislamiento rodeado de múltiples elementos de “compañía” o distracción. La televisión y el ordenador de juegos empiezan a transformarse en los verdaderos acompañantes de parte de la población infantil.
Pero tanto el televisor como el ordenador, cuando se utilizan diaria y continuadamente, facilitan la aparición en los niños de numerosos trastornos psicológicos y cambios de conductas que pueden llegar a transformarse en graves problemas psicopatológicos.
Las pantallas de televisores y ordenadores no sólo constituyen elementos de radiación de pequeña intensidad, sino que obligan al niño a mantener durante largos periodos de tiempo una especial inmovilidad y postura, a la vez que bloquean los analizadores perceptivos que impide la recepción de otros estímulos exteriores. En numerosos casos, como consecuencia de esta postura, se han producido situaciones de pre-hipnosis o sueño paradójico que llegan a modificar los trazados electroencefalográficos. Por otra parte, el ordenador infantil que suele utilizar programas de juegos competitivos, en realidad instiga a una competición entre la máquina programada y el niño, obligando a una permanente alertación, inmovilidad y rapidez progresiva de respuestas para algo que no contiene enseñanza alguna (no olvidemos que la enseñanza es meditación). Constituye, tan sólo un ejercicio de automatización estímulo-respuesta rígido, inmeditable (el pensamiento operacional se bloquea por innecesario), “antidialógico” e irreal. Al mismo tiempo se fuerza a una permanente rigidez postural ya que practican tan sólo, mínimos movimientos de dedos, mientras se mantiene silencioso. Por otra parte, la mayoría de programas utilizados exigen respuestas bélicas agresivas, donde prima la destrucción y las normas éticas o solidarias no existen.
Un contingente en aumento de la población infantil es satisfecha, por no decir aislada de las relaciones familiares, mediante la facilitación de televisores y ordenadores de juegos. Durante diarios y prolongados espacios de tiempo, el niño solo, aislado en una habitación contempla incesantemente televisión o maneja juegos de ordenadores. Muchos de ellos comen o duermen con estos artefactos. Pero simultáneamente a esta educación electrónica el niño empieza a mostrar desviaciones de la conducta. Hablan poco, realmente también lloran poco, salvo cuando se le quiere suprimir su “compañero”, lo que les produce violentas reacciones agresivas que tienden al juego ritualizado y a una polarización afectiva fuera del campo de la relación social. Se muestran reservados, rígidos, poco afectuosos, enemigos de caricias y besos, silenciosos, con escaso interés por el mundo animado.
En realidad, la sustitución de los contactos e intercambios personales humanos por estas máquinas, parece favorecer una desorganización de los receptores sensoriales y cerebrales los cuales acaban solo filtrando y elaborando las estimulaciones sensoriales de fuentes electrónicas.
La sustitución o disminución del empleo de televisores y ordenadores en los niños con tendencias “electronicoadictivas” constituye la base para evitar parte de estos trastornos. La relación familiar, el juego y los contactos sociales junto a la actividad física y el conocimiento real del mundo determinan los fundamentos de la maduración infantil equilibrada. Y es que, como dijo el poeta: “Igual que cuando éramos niños / y jugábamos a perdernos / por largos pasillos y alcobas / de un enorme caserón viejo”.
Francisco Arias Solís
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domingo, 1 de noviembre de 2009
Niños maltratados por Francisco Arias Solís
NIÑOS MALTRADOS
“Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.”
Miguel Hernández.
UN PROBLEMA SOCIAL DE PRIMERA MAGNITUD
Nuestra historia está salpicada de hechos relacionados con el maltrato infantil. El hecho de que más de 35.000 niños mueran diariamente en el mundo por causas evitables nos da una idea de la gravedad de la situación en los primeros años del siglo XXI y de la pasividad social existente ante esta situación. Para poder comprender y solucionar este fenómeno se hace necesario un reconocimiento social del problema, un análisis social profundo de las múltiples causas que lo provocan y la creación de líneas de actuación dirigidas hacia todos los frentes que lo causan.
El maltrato infantil se encuentra sin duda, entre los más serios, complejos y sonrojantes problemas de la sociedad moderna. La calidad de vida de numeroso niños se encuentra profundamente deteriorada por los malos tratos que experimentan en el entorno familiar, cuyas consecuencias pueden repercutir seriamente en el desarrollo físico y psicosocial del niño. Si, finalmente, se consideran los elevados costes sociales del maltrato infantil, puede afirmarse que los malos tratos en la infancia constituyen un problema social de primera magnitud.
El maltrato puede ser tanto físico como emocional, abarcando un amplio abanico entre el que cabría destacar: abandono del niño; desatención de sus necesidades básicas de afecto, alimentación, higiene, salud, educación y seguridad; abusos físicos como palizas, quemaduras, etc.; abusos psíquicos por los que el menor se siente rechazado y amenazado; abusos sexuales; desescolarización y absentismo escolar; explotación de distintos tipos entre las que destacan la mendicidad y la explotación laboral; discriminación sufrida por razones de raza, sexo, minusvalía o enfermedades, etc.
Las asociaciones para la defensa de la infancia consideran que son más de 500.000, los niños españoles que sufren malos tratos.
Para hacer frente a estos delitos es muy importante la colaboración ciudadana ya que es un deber de la población denunciar los casos de vejación de niños que se conozcan.
Las consecuencias que estas situaciones tienen sobre el niño son siempre desastrosas y cuando menos conducen al pequeño al problema del retraso intelectual, alteraciones en su relación con los demás, pérdida de la autoestima y trastornos de conducta. En el caso de abusos sexuales se producen trastornos depresivos, sentimientos de culpa, conductas agresivas y hasta tentativas de suicidio.
La importancia y complejidad del problema hacen que para su erradicación sea necesario el esfuerzo común de toda la sociedad, que apoyada en un marco legal moderno y operativo permita a todos los sectores implicados en la protección del menor actuar desde un mismo criterio hacia todos los frentes que lo provocan y así conseguir una mayor agilidad en la actuación.
A pesar de que en nuestro país se han realizado avances en la lucha por los derechos del niño, es dudoso que pueda eliminarse el maltrato infantil en la medida en que los padres eduquen a sus hijos en una sociedad donde la violencia alcanza niveles con frecuencia desproporcionados, donde el castigo corporal se acepta como una técnica de disciplina y donde el concepto de paternidad se construye en términos de posesión. Y como dijo el poeta: “Vuela niño en la doble / luna del pecho: / él, triste de cebolla / tú, satisfecho. / No te derrumbes. / No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre”.
Francisco Arias Solís
No disparar donde haya niños. Stop.
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“Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.”
Miguel Hernández.
UN PROBLEMA SOCIAL DE PRIMERA MAGNITUD
Nuestra historia está salpicada de hechos relacionados con el maltrato infantil. El hecho de que más de 35.000 niños mueran diariamente en el mundo por causas evitables nos da una idea de la gravedad de la situación en los primeros años del siglo XXI y de la pasividad social existente ante esta situación. Para poder comprender y solucionar este fenómeno se hace necesario un reconocimiento social del problema, un análisis social profundo de las múltiples causas que lo provocan y la creación de líneas de actuación dirigidas hacia todos los frentes que lo causan.
El maltrato infantil se encuentra sin duda, entre los más serios, complejos y sonrojantes problemas de la sociedad moderna. La calidad de vida de numeroso niños se encuentra profundamente deteriorada por los malos tratos que experimentan en el entorno familiar, cuyas consecuencias pueden repercutir seriamente en el desarrollo físico y psicosocial del niño. Si, finalmente, se consideran los elevados costes sociales del maltrato infantil, puede afirmarse que los malos tratos en la infancia constituyen un problema social de primera magnitud.
El maltrato puede ser tanto físico como emocional, abarcando un amplio abanico entre el que cabría destacar: abandono del niño; desatención de sus necesidades básicas de afecto, alimentación, higiene, salud, educación y seguridad; abusos físicos como palizas, quemaduras, etc.; abusos psíquicos por los que el menor se siente rechazado y amenazado; abusos sexuales; desescolarización y absentismo escolar; explotación de distintos tipos entre las que destacan la mendicidad y la explotación laboral; discriminación sufrida por razones de raza, sexo, minusvalía o enfermedades, etc.
Las asociaciones para la defensa de la infancia consideran que son más de 500.000, los niños españoles que sufren malos tratos.
Para hacer frente a estos delitos es muy importante la colaboración ciudadana ya que es un deber de la población denunciar los casos de vejación de niños que se conozcan.
Las consecuencias que estas situaciones tienen sobre el niño son siempre desastrosas y cuando menos conducen al pequeño al problema del retraso intelectual, alteraciones en su relación con los demás, pérdida de la autoestima y trastornos de conducta. En el caso de abusos sexuales se producen trastornos depresivos, sentimientos de culpa, conductas agresivas y hasta tentativas de suicidio.
La importancia y complejidad del problema hacen que para su erradicación sea necesario el esfuerzo común de toda la sociedad, que apoyada en un marco legal moderno y operativo permita a todos los sectores implicados en la protección del menor actuar desde un mismo criterio hacia todos los frentes que lo provocan y así conseguir una mayor agilidad en la actuación.
A pesar de que en nuestro país se han realizado avances en la lucha por los derechos del niño, es dudoso que pueda eliminarse el maltrato infantil en la medida en que los padres eduquen a sus hijos en una sociedad donde la violencia alcanza niveles con frecuencia desproporcionados, donde el castigo corporal se acepta como una técnica de disciplina y donde el concepto de paternidad se construye en términos de posesión. Y como dijo el poeta: “Vuela niño en la doble / luna del pecho: / él, triste de cebolla / tú, satisfecho. / No te derrumbes. / No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre”.
Francisco Arias Solís
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